Dos Bolivias atrapadas en el mismo incendio

La crisis boliviana ya no enfrenta inflación y escasez: expone el choque entre un modelo plurinacional que dio voz a sectores históricamente excluidos y una reforma económica aplicada sin consensos ni lectura social.
Crisis en Bolivia.
Erick Gamarra
Erick Gamarra
Periodista
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En Bolivia, las marchas, los bloqueos de carreteras y los enfrentamientos de civiles contra las fuerzas del orden —que ya dejan detenidos, heridos y fallecidos— no responden únicamente a la inflación o falta de combustibles, ni a las reformas que el presidente Rodrigo Paz busca empujar abruptamente. Detrás del colapso actual late una pugna profunda entre un modelo político y social que permitió el renacer de sectores indígenas e históricamente excluidos, y otro que considera que dicho sistema se volvió económicamente insostenible. Por eso, lo que hoy se rompe no es solo la estabilidad de un gobierno, sino el lenguaje común que Evo Morales intentó reconstruir durante años alrededor de la identidad plurinacional.

Con el 54% de los votos, el derechista Paz ganó las elecciones bolivianas presentándose bajo la idea de la esperanza de cambio tras casi dos décadas de control izquierdista. En ese tramo, la nación altiplánica vivió un periodo de bonanza debido a las exportaciones de gas y un fuerte gasto estatal, pero la caída de los ingresos energéticos y la carga de los subsidios castigó severamente a la economía. Rodrigo recibió un país con escasez de dólares, crisis de combustibles y creciente descontento popular. No obstante, su administración apuntó a aplicar medidas de manera precipitada y sin construir una base dirigencial sólida, algo que acabó intensificando la tensión social mencionada.

 

“En Bolivia, la tierra no es solo propiedad, es sustento, comunidad, memoria e influencia en la esfera pública conquistada tras siglos de exclusión. Ahí, la derecha boliviana terminó encendiendo la mecha de una bomba social que la izquierda evista-arcista dejó cargada”

 

Aunque Paz llegó con argumentos, una cosa es tener razones técnicas y otra muy distinta es comprender una sociedad atravesada por heridas históricas. La eliminación del subsidio al combustible incluso consiguió ser tolerada al inicio por bloques que entendían su peso fiscal; sin embargo, golpeó rápido al transporte, los alimentos y la vida cotidiana. La confianza se erosionó más cuando surgieron denuncias sobre combustible adulterado distribuido por la estatal petrolera YPFB, que dañó vehículos. Luego, al acelerar reformas de mercado y tocar un tema tan sensible como la tierra, el Gobierno movió demasiadas piezas a la vez. En Bolivia, la tierra no es solo propiedad, es sustento, comunidad, memoria e influencia en la esfera pública conquistada tras siglos de exclusión. Ahí, la derecha boliviana terminó encendiendo la mecha de una bomba social que la izquierda evista-arcista dejó cargada.

Ese error de lectura agravó la convulsión económica y profundizó una disputa mucho más peligrosa por el sentido mismo del país. En lugar de tender puentes, el conflicto se llenó de palabras y decisiones que cancelan toda clase de entendimientos, desde grupos movilizados que se resisten a consensos a autoridades que tratan de “terroristas” a los manifestantes. A eso se sumaron ataques racistas hacia los marchantes y la reaparición de la vieja grieta boliviana entre el occidente indígena-popular y el oriente empresarial-conservador. Así, aquello que pudo encaminarse con ajustes progresivos se le agregó una batalla identitaria.

 

“Lo que hoy se rompe no es solo la estabilidad de un gobierno, sino el lenguaje común que Evo Morales intentó reconstruir durante años alrededor de la identidad plurinacional”

 

Por eso, Bolivia no requiere que una mitad derrote a la otra, sino que ambas reconozcan el tamaño del abismo que siguen abriendo. La salida no pasa por volver intacto al modelo que incubó la crisis, pero tampoco imponer reestructuraciones tipo shock como si la historia, la tierra y la identidad fueran obstáculos. Necesita acuerdos económicos graduales, una revisión responsable del rol del Estado, respeto real a las comunas indígenas y una negociación política antes de que la calle y el poder terminen despedazándose. Ni derrocar al presidente ni gobernar a punta de reformas intempestivas impuestas llevará a esta nación plurinacional a buen puerto. Peor aún sería que actores externos, caso de Estados Unidos o Argentina, intenten convertir esta fractura en un tablero propio. Cuando un país ya está partido, cualquier intromisión extranjera no apaga el incendio, puede terminar echándole más combustible.