Dos comunidades de Junín siembran árboles para cosechar agua

Huallquin Grande y Masajcancha son dos experiencias que dejan muchas lecciones. En tiempos en que la mayor parte de la inversión pública es destinada a obras de fierro y cemento, vale voltear la mirada hacia estas prácticas de infraestructura natural que permitirían garantizar el recurso hídrico como fuente de desarrollo sostenible para las siguientes generaciones.
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Dos provincias colindantes de la región Junín, Huallquín Grande y Masajcancha, registran experiencias por más de veinte años en la plantación de árboles, como estrategia en el uso de infraestructura natural para garantizar la sostenibilidad del agua. Este artículo forma parte del especial ‘Cuidadores del Agua’.

En la comunidad tarmeña de Huallquín Grande, una veintena de familias de agricultores no cede a la tentación de abandonar sus tierras. Más bien, a lo largo de los años, han aprendido a mejorar sus campos y han desarrollado prácticas de siembra de agua. Los resultados, con el tiempo, se evidencian en la transformación de sus productos con un valor ecológico que les permitió hacerse un lugar en el mercado.

Armando Benito, junto a sus hijos Juan y Wilfredo, impulsores del proceso de cambio en Huallquín Grande. Créditos: Percy Salomé

—Es el trabajo que debemos mirar como gente de campo —reflexiona Wilfredo Benito, un agricultor de Huallquín—. Ya no mirar a la ciudad, porque la ciudad es contaminada y ya está saturada.

Wilfredo preside la Asociación de Productores Agropecuarios Perla Andina. Esta organización tiene desde el 2007 una planta de procesamiento de leche. Cuatrocientos litros de leche fresca diaria se convierten en quesos cremosos que llegan a los mercados de Tarma, Huancayo y Lima, principalmente.

La planta genera un residuo líquido conocido como suero, que era arrojado al pequeño río que rodea la comunidad. Estas aguas desembocan en los ríos Tarma y Chanchamayo. Luego la corriente llega al río Perené, en la selva central. Así, la comunidad, a 3.800 metros sobre el nivel del mar, tenía su cuota de contaminación en la cuenca hidrográfica del Amazonas.

Pero desde 2017, con el apoyo investigativo de la Universidad Agraria La Molina, la comunidad instaló una planta de producción de abono orgánico acelerado, un abono líquido resultante de la mezcla del guano fresco del ganado vacuno, el suero, melaza y biolac, un componente de microorganismos biológicos que acelera la descomposición.

Luego de siete días de macerado, la mezcla pasa por un filtro y da como resultado al biol, un abono foliar orgánico, cuyos efectos como fertilizante están siendo probados en el cultivo de la maca, en las alturas de Chupaca, y en el café y el cacao, en parcelas de Chanchamayo, en la misma región Junín.

—Esta ya es una comunidad autogestionaria —celebra el ingeniero Óscar Rau, antiguo trabajador del Ministerio de Agricultura en Tarma—. Son años de trabajo, de acompañamiento.

Hubo todo un proceso. En las décadas de 1960 y 1970, a través de un proyecto de la FAO, comenzaron las primeras plantaciones forestales en las partes bajas de la comunidad. Estaba de moda el eucalipto, una especie australiana introducida al valle del Mantaro en 1864 por un francés que se instaló en Sapallanga, al sur de Huancayo. En algunas partes de la comunidad sembraron también quinuales.

Pero los cerros altos permanecieron pelados, sin árboles, a merced de la erosión de los vientos y las lluvias, y con los animales expuestos a los vaivenes del clima. Fue entonces que, a finales de la década de 1990, el Programa Nacional de Manejo de Cuencas Hidrográficas y Conservación de Suelos (Pronamachcs) impulsó con la comunidad la siembra de 30 mil plantones de pino en las partes altas de la comunidad: la idea era sembrar agua.

—La siembra de agua, sí, es cierto —dice don Armando Benito, padre de Wilfredo, uno de los primeros promotores de los proyectos de forestación en Huallquín Grande—.  Tenemos como ejemplo allá arriba un manantial que yo mismo no creo pero es cierto.

Hoy es el segundo ojo de agua que ha nacido en medio del macizo de los pinos ya adultos.

Huallquín Grande es una comunidad ubicada en el distrito de Huaricolca, a 14 kilómetros de la ciudad de Tarma, en la región Junín. A una altitud de 3.800 metros sobre el nivel del mar, era una comunidad dedicada principalmente a la crianza de ovejas y el cultivo de algunos tubérculos.

En el 2002 Wilfredo Benito era un joven de 22 años. El Pronamachcs tenía cupos para una pasantía en la Granja Porcón, Cajamarca, una de las experiencias más exitosas de forestación, ganadería y cosecha de agua del país: 10.250 hectáreas de cerros, antes cubiertos de ichu, hoy poblados por más de 14 millones de pinos. El resultado de más de 40 años de trabajo.

“Porcón es un hotel, una fábrica de tés y un zoológico, todo al mismo tiempo”, lo describe en Youtube un video el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo.

Pues allí Wilfredo reafirmó el valor de la forestación ya iniciada en Huallquín Grande. Una nueva pasantía en Arequipa lo hizo conocer las ventajas de la ganadería lechera. Fue entonces que Huallquín inició el camino de reemplazar las ovejas por las vacas lecheras.

Siempre acompañada por la iniciativa del Estado y la cooperación técnica, la comunidad implementó un sistema de riego tecnificado para el cultivo de pastos para el ganado.

—Tenemos tendido más o menos 10 kilómetros de tubo acrílico instalado cada cierto punto para el riego presurizado —explica Wilfredo.

La pendiente natural de los cerros le da presión al agua que baja por los tubos y por las mangueras se esparce en las parcelas.

—Huallquín Grande ya no es como antes —reflexiona—. Hoy contamos con algo de 30 mil plantas de pino. De eucalipto no recuerdo, porque ya es una cantidad infinita.

—¿Antes había abundante agua? —pregunto.

—No —responde Wilfredo—. En este tiempo de estiaje [octubre] ya no había agua, se secaba. Pero esta vez estamos poblando de bosques y al agua sigue su recorrido normal, no disminuye. Más bien, parece que aumenta.

Siembra de agua en Jauja

En las alturas de Masajcancha, una comunidad de la provincia vecina de Jauja, el agrónomo César Dávila Véliz lleva cerca de 20 años sembrando y cosechando agua. Él aprovecha la ladera de dos cerros que se juntan y ha colocado tierra y piedras para crear una pequeña cadena de Qochas que almacenan el agua de las lluvias.

En ese tiempo, Dávila ha logrado convertir un cerro pelado en un completo ecosistema verde, donde, entre otros cultivos, siembra tarwi, una leguminosa propia de los Andes Centrales que contiene de 41 a 51% de nutrientes, útil para niños y mujeres embarazadas.

César Dávila, alcalde de Jauja, realizando una ceremonia para el agua. Foto: Percy Salomé

—Los terrenos no tienen valor porque no tienen agua —sentencia el agrónomo, luciendo, para la ocasión, un traje inca. Esta tarde toca hacer un pago ancestral, en gratitud por los recursos de la naturaleza.

En el 2001 compró 20 hectáreas de terreno en Masajcancha, distrito de Paccha. El terreno es una pendiente. En un predio colindante, unos campesinos aporcan sus sembríos de papa, pero no hay árboles ni sistemas que las protejan de la erosión. En cambio, el fundo La Cosecha del Futuro, como Dávila le ha llamado a su proyecto, está rodeado de pinos y dividido con plantas nativas como el colle, ceticio, quinual, mutuy y ágabe.

El quinual evita le erosión, explica Dávila. Luego, observa unas moscas azules escondidas en las hojas del colle, un arbusto hermoso pero que es el hábitat para las  zigarrillas, que pueden atacar los sembríos. Por ello, el agrónomo piensa reemplazar el colle por la Pacha Salvia, otro arbusto de la sierra, muy usado en la medicina natural.

— Los árboles —advierte Dávila— sólo son el complemento de la siembra de agua. Las tareas principales son las terrazas y las zanjas de infiltración.

Las terrazas son unas estructuras hechas con piedras, alineadas en forma circular, siguiendo la forma que impone el cerro, de manera horizontal, nunca vertical. En sus bordes están sembrados los árboles nativos. Su principal función es evitar la erosión.

Después de la terraza hay una zanja a manera de acequia, también en forma circular. Son zanjas de infiltración que, en conjunción con las terrazas, evitan que el agua de las lluvias discurra en forma vertical. Más bien permite que el agua se infiltre en el subsuelo. Con este método la humedad de la superficie permanece más tiempo.

—Si derramamos agua de un cilindro —argumenta Dávila—, sin las terrazas el agua va a llegar al río en cinco minutos. Con las terrazas también va a llegar al río, pero en tres meses.

Al final de una de las laderas del cerro, donde la quebrada se estrecha, Dávila ha puesto tierra y piedras. Fue suficiente para que se almacene el agua. Ahora, sobre esa tierra y piedras ha crecido champa, lo que ha permitido además la formación de una cadena de nueve micro lagunas artificiales.

César Dávila se ha convertido desde enero de 2019 en el alcalde de Jauja. Ahora se enfrenta al reto de convertir todo este aprendizaje en propuestas de programas o políticas de desarrollo local.

Huallquin Grande y Masajcancha son dos experiencias que dejan muchas lecciones. En tiempos en que la mayor parte de la inversión pública es destinada a obras de fierro y cemento, vale voltear la mirada hacia estas prácticas de infraestructura natural que permitirían garantizar el recurso hídrico como fuente de desarrollo sostenible para las siguientes generaciones.