Del supuesto cuco comunista al monstruo del poder: por qué votar por JP

El debate presidencial dejó menos distancia ideológica de la que pregona la campaña y una pregunta más incómoda sobre la mesa: ¿cuánto poder conviene concentrar en una sola fuerza política?
Miedo y poder
Erick Gamarra
Erick Gamarra
Periodista
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on twitter

En los últimos 4 procesos electorales, aunque de forma contenida en el duelo Keiko vs. PPK, los comicios presidenciales en el Perú se han vuelto muy polarizados. Primero, el temor era que O. Humala nacionalizaría todo y se llenaría del chavismo; luego, que el comunismo destruiría el país. Así, cada segunda vuelta se convirtió en una elección al borde del abismo, siempre con candidatos cargados de falencias. Ya me gustaría que el dilema fuera entre una izquierda moderna, tipo la chilena de Gabriel Boric, y una derecha menos bruta y achorada como la del colombiano Juan Manuel Santos. Pero no, acá nos toca optar por una derecha populista con tendencia autoritaria, o una izquierda improvisada, distante del progresismo real; ambas conservadoras y salpicadas de acusaciones de corrupción, con una mucho más lejos que la otra. Y de nuevo, queda elegir el mal menor.

El domingo tocó ver el debate entre Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú). La primera empezó mejor; sin embargo, terminó atrapada en sus papeles, ya que parecía leer una exposición de última hora y con poca reacción frente a los señalamientos de su rival. El segundo, en cambio, fue escalando, puesto que inició confrontacional y acto posterior logró compensar sus embistes con promesas. Ahí afloraron las contradicciones. No apareció el “cuco comunista” del que a menudo se comenta en redes, grupos de WhatsApp y calles; ese fantasma que anuncia que, si triunfa Sánchez, seremos Venezuela o Cuba. Lo que se vio fue a dos aspirantes con propuestas en seguridad, inversión privada, programas sociales, salud y educación, mezclando enfoques de mercado e intervención estatal.

 

“No apareció el ‘cuco comunista’ del que tanto se habla. Lo que se vio fue a dos aspirantes con propuestas que mezclan mercado e intervención estatal, más próximas entre sí de lo que muchos quieren admitir”

 

Incluso, muchas ideas que serían llamadas “comunistas” si salieran solo de la boca de Sánchez son presentadas de ponderadas cuando las dice Keiko. Ahí figuran los créditos garantizados por el Estado, los programas sociales ampliados, el financiamiento al agro y los fondos para enfermedades de alto costo, que mencionó. Al punto de que lo que más se le reclamó a Sánchez fue el tema de Antauro Humala, de quien no se desprendió enfáticamente durante el debate, y no tanto el modelo económico del plan que expuso. Pero ya si hablamos del planteamiento de JP, su agenda se ubica cerca de una centroizquierda, en un marco que reconoce la propiedad privada, los contratos, la inversión privada y la autonomía del Banco Central de Reserva.

Entonces, si llegamos a esta instancia con dos contendientes cuyas medidas no están tan lejos como muchos buscan hacer creer, la balanza deja de ser ideológica y empieza a pesar en otro terreno: la concentración de poder y la sombra de las investigaciones por presuntos actos de corrupción que arrastra Fuerza Popular. ¿Toca entregarle esa hegemonía a una fuerza política marcada por denuncias, blindajes, traiciones y operadores cuestionados? Desde 2016, el fujimorismo es sinónimo de inestabilidad en el Perú. Inclusive, recientemente, en lo que debería ser un escándalo mayor, Miguel Torres, candidato a la vicepresidencia por FP, se ufanó de lo que fue “sacar” a un presidente elegido democráticamente. Inaudito. Si a esa mochila se suma la fuerte influencia que Fuerza Popular tendría en el Senado y la Cámara de Diputados, darle también el Ejecutivo no suena a equilibrio democrático, por el contrario, a dominio total. Seríamos ilusos, tontos o muy irresponsables para permitir eso.

 

“Si las medidas de ambos contendientes no están tan lejos como se quiere hacer creer, la discusión deja de ser ideológica y empieza a pesar en otro terreno: la concentración de poder”

 

Finalmente, claro está que JP no es perfecto y, por añadidura, tiene riesgos. Es ingenuo negarlo. En cualquier caso, con dos opciones imperfectas, veo sensato votar por una alternativa que contará con contrapesos, vigilancia y oposición. Asimismo, hay que ser conscientes de algo, en estos días las élites dirigentes y sus altavoces reforzarán sus ataques contra Sánchez, y si gana, gobernará a buena parte de esos sectores en contra. Esta vez no corresponde sufragar con miedo, sino desde la comparación y evaluación. Mi voto no deriva del entusiasmo ni de las etiquetas fáciles de “terruco”, “comunista” o “fujimorista”. Nace de una conclusión incómoda: entre dos caminos, con planes y modelos más próximos de lo que muchos quieren admitir, prefiero al que todavía puede ser vigilado antes que al que amenaza con acaparar demasiado poder y encima arrastra excesivos males.