El otro Cáceres: el coronel que lleva 15 años convertido en el ‘Brujo de los Andes’

Durante quince años, el coronel EP (r) Henri Delgado Diestro ha dejado crecer la barba, estudiado la Guerra del Pacífico y perfeccionado el uniforme del “Brujo de los Andes”. Su parecido con el mariscal es tan sorprendente que incluso le han sugerido hacerse una prueba de ADN.
Henri Delgado: el coronel que interpreta a Cáceres en Pucará y Marcavalle desde hace 15 años.
Adelina R. Castro
Adelina R. Castro
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A simple vista cuesta encontrar diferencias. El cabello ensortijado, los ojos hundidos, las patillas, la barba y hasta la estatura hacen que Henri Delgado Diestro recuerde inevitablemente al mariscal Andrés Avelino Cáceres. En Huancayo casi nadie se sorprende cuando lo ven cabalgando al frente de los rejoneros durante las escenificaciones de las batallas de Pucará y Marcavalle. Para muchos ya no es Henri. Es, simplemente, el Tayta Cáceres.

Pero detrás de ese parecido hay mucho más que un uniforme militar.

Durante quince años ha estudiado la Guerra del Pacífico, ha recorrido los lugares donde combatió el mariscal, tomó clases de actuación, aprendió a montar a caballo y dejó crecer una barba que terminó cambiando incluso su vida profesional. Mientras estuvo en actividad como oficial del Ejército recibió autorización para trabajar de civil, con terno y barba, porque el reglamento no permite llevarla con uniforme.

Nada de eso ocurrió por casualidad.

Con el paso de los años comprendió que representar a Cáceres no era ponerse un traje para una escenificación, sino asumir el compromiso de acercar la historia al público con el mayor rigor posible.

Hoy, a sus 55 años, reconoce que el personaje terminó transformando su vida.

—Cuéntenos un poco sobre usted.

Nací en Cerro de Pasco el 20 de noviembre de 1970. Mi padre, Raúl Delgado Montoya, era arequipeño y guardia civil. Mi madre, Elizabeth Diestro, es huanuqueña. Ellos se conocieron cuando mi padre fue destacado a trabajar a Cerro de Pasco.

—¿Cómo fue su infancia?

Cuando mi padre empezó a trabajar en Southern nos trasladamos a Arequipa. Allí estudié la primaria y la secundaria.

En casa no me faltaba nada, pero mi padre quería enseñarme el valor del esfuerzo. Por eso, cuando estaba en segundo de secundaria, me envió a un colegio militar.

Fue un cambio muy duro.

Pasé de levantarme a las nueve de la mañana a hacerlo antes del amanecer. En mi casa nunca había limpiado un baño y en el colegio tenía que hacerlo todos los días. Muchas noches lloré porque quería regresar.

Hubo un momento en que incluso pensaron retirarme.

Un profesor conversó conmigo y me hizo entender todo el sacrificio que hacían mis padres. Le pedí una semana más para intentarlo. Luego otra. Al final terminé quedándome, obtuve reconocimientos académicos y también deportivos.

Cuando terminé el colegio, mi padre quería que estudiara Medicina en Argentina.

Yo le dije:

—Quiero ser militar.

Se quedó sorprendido.

Me preguntó dos o tres veces si estaba seguro.

Finalmente aceptó y postulé a la Escuela Militar de Chorrillos.

—¿Cómo llegó a Huancayo?

Como subteniente, en 1994.

Permanecí algunos años, luego fui destacado a otras regiones y regresé en 2010.

Con el tiempo me encariñé muchísimo con Huancayo.

Me gusta el chupe verde, la cancha de Pucará, el agua de amargón, el bollito, el yuyo… Cada vez que regreso disfruto de la gastronomía del Valle del Mantaro.

—¿Su familia también comparte ese vínculo con Huancayo?

Sí.

Estoy casado desde hace 28 años con Guisela Gómez Vásquez, que es huancaína.

Tenemos dos hijos, Ronal y Renzo.

Ahora ya estoy retirado del Ejército, pero todos los años regreso para interpretar a Andrés Avelino Cáceres.

A veces pienso que ya habrán encontrado a otra persona para el papel.

Pero siempre vuelven a llamarme.

Y regreso feliz.

—¿Cómo terminó interpretando a Cáceres?

Las escenificaciones comenzaron en 2007.

Quien hacía el papel era un vecino de Pucará, pero un año enfermó y buscaron a un militar que pudiera reemplazarlo.

El entonces general Longa reunió a los oficiales y escogió al que más se pareciera físicamente.

Como yo era alto y delgado, me eligieron.

Eso ocurrió en 2010.

En esa época todavía no tenía barba.

Mi esposa me colocó unas extensiones para la primera presentación.

Con el tiempo decidí dejarme crecer la barba de verdad.

Solo dejamos de participar durante la pandemia y por algunos temas internos.

Desde el año pasado retomamos las escenificaciones.

—¿Qué sintió al asumir ese papel?

Al principio no le di la importancia que merecía.

Pensaba que era una representación más.

Pero poco a poco comprendí la dimensión del personaje.

Entendí que no bastaba con ponerse un uniforme y montar un caballo.

Había una enorme responsabilidad histórica.

Comencé a leer la biografía de Cáceres, investigar la Guerra del Pacífico, estudiar la Campaña de la Breña y recorrer los lugares donde combatió para entender mejor quién había sido realmente.

Cada año intento mejorar algún detalle.

Siempre encuentro algo nuevo que aprender.

—¿Quién le hizo entender que debía tomarse el personaje con mayor seriedad?

Un historiador de Julcamarca.

Después de una escenificación se acercó y me regaló un libro.

Me dijo que el uniforme todavía tenía errores y que debía prestar más atención a la barba.

Aquellas observaciones me hicieron reaccionar.

Entendí que esto no era un espectáculo cualquiera.

Viajé al Museo Andrés Avelino Cáceres, en Lima, observé de cerca el uniforme original y desde entonces empecé a investigar cada detalle con mucho más rigor.

“La barba terminó cambiando mi vida”

—Después de esa observación del historiador, ¿qué cambió?

Todo.

Entendí que si iba a representar a Andrés Avelino Cáceres debía hacerlo con el mayor respeto posible. Ya no bastaba con parecerme físicamente. Había que estudiar al personaje.

Empecé a investigar documentos, revisar fotografías antiguas y visitar museos. Quería entender cómo vestía, cómo hablaba, cómo montaba a caballo y hasta cómo llevaba la barba.

Desde entonces cada escenificación se convirtió en una oportunidad para mejorar.

—Y justamente la barba terminó convirtiéndose en una de sus principales características.

Sí.

Después de investigar comprendí que la barba era parte esencial de la imagen de Cáceres.

Decidí dejármela crecer.

Fue una decisión que cambió muchas cosas.

Como militar no podía llevar barba con uniforme, así que mis superiores me autorizaron a trabajar vestido de civil. Durante varios años asistí a mi centro de labores con terno y barba, porque el reglamento del Ejército no permite usarla con uniforme.

Fue una excepción que me concedieron para poder seguir representando al mariscal.

—¿Qué otros cambios le exigió el personaje?

Muchísimos.

Yo pertenecía al arma de Infantería y nunca había montado a caballo.

Tuve que ingresar a la Escuela de Equitación del Ejército para aprender desde cero.

No fue fácil. Hay que practicar constantemente para montar con seguridad y transmitir naturalidad durante la escenificación.

También recibí clases de actuación y aprendí expresiones en quechua. Todo ayuda a darle mayor credibilidad al personaje.

—¿Cómo reaccionó el público conforme fue perfeccionando la representación?

La diferencia fue enorme.

Las primeras veces la gente sentía que todavía faltaban detalles. Era lógico.

Pero cuando mejoré el uniforme, el quepí, la barba, la manera de cabalgar y la interpretación, la respuesta cambió por completo.

Eso me motivó a seguir investigando y perfeccionándome.

—Usted suele decir que no se disfraza, sino que se “invierte” del personaje. ¿Qué significa eso?

Que no buscamos hacer una representación superficial.

Nuestro objetivo es trasladarnos, en la medida de lo posible, a esa época y enseñar historia.

Por eso pertenezco a la Asociación de Recreación Histórica de Lima.

Allí aprendí que cada uniforme debe reconstruirse a partir de una investigación rigurosa. No solo importa el diseño, sino también la tela, las costuras, los botones y cada accesorio.

Hay prendas cuya elaboración toma meses e incluso años.

Trabajamos con un sastre especializado que confecciona las piezas respetando los materiales originales. Lo que antes se cosía a mano vuelve a hacerse a mano.

La idea es conseguir réplicas lo más fieles posible.

—¿Qué tan parecido es hoy su uniforme al que realmente usó Cáceres?

Diría que alcanza aproximadamente un 85 % de fidelidad histórica.

Mi meta es llegar al 95 %.

Todavía hay detalles por mejorar.

Por ejemplo, el sable que utilizo no corresponde exactamente al modelo que llevaba Cáceres. Estoy buscando adquirir una réplica en España, aunque representa una inversión bastante alta.

Solo el uniforme que utilizo cada 9 de diciembre en Ayacucho costó cerca de cuatro mil dólares.

—¿Todo ese gasto sale de su bolsillo?

Sí.

Nadie vive de la recreación histórica.

Es una afición que demanda mucho tiempo, estudio y dinero.

Hay compañeros que invierten miles de dólares para representar con rigor a personajes como Bolívar, San Martín o Sucre.

Algunos compran espadines de la Independencia, pistolas de chispa, botas napoleónicas y otros accesorios de época.

Un vestuario completo puede superar fácilmente los quince mil dólares.

—¿También han corregido aspectos de la escenificación en Pucará y Marcavalle?

Sí.

Con los años hemos ido mejorando muchos detalles.

Recuerdo que antes algunos rejoneros usaban ojotas hechas con llantas de automóvil.

Eso era un error histórico, porque en 1879 no existían automóviles en esta zona.

Ahora utilizan sandalias de cuero, mucho más acordes con la época.

También cambiamos la vestimenta de las rabonas.

Antes aparecían con ropa demasiado vistosa.

Hoy llevan prendas sencillas, desgastadas por el trabajo, sin maquillaje ni joyas, tal como muestran los registros históricos.

Además, cargan cucharones y utensilios de cocina para representar el papel fundamental que cumplieron acompañando al ejército.

Poco a poco también hemos ido rescatando del olvido a muchos soldados y combatientes que casi no aparecen en los libros de historia.

—¿Recuerda alguna anécdota especial interpretando a Cáceres?

Hay varias.

Una de las que más recuerdo ocurrió el año pasado, cuando recorrimos el mercado de Huayucachi caracterizados como los combatientes de la Campaña de la Breña.

Las personas mayores me saludaban con mucho cariño.

Decían: “Ahí está el Tayta”, “ahí está el Brujo”, “ahí está Cáceres”.

Fue muy emocionante.

Tiempo después hice lo mismo en Miraflores, en Lima.

Allí ocurrió exactamente lo contrario.

La gente me miraba con sorpresa, tratando de entender quién era o por qué estaba vestido así.

Solo cuando les explicaba que representaba a Andrés Avelino Cáceres comprendían el motivo.

Esa experiencia también me hizo reflexionar.

He comprobado que muchos jóvenes —e incluso algunos docentes— conocen muy poco sobre Cáceres y la Campaña de la Breña.

La mayoría recuerda la campaña de Lima, pero desconoce lo que ocurrió después.

Por eso creo que todavía hace falta acercar más la historia a las nuevas generaciones.

“Más de una persona me ha dicho que debería hacerme una prueba de ADN”

—Su parecido con Andrés Avelino Cáceres impresiona. ¿Alguna vez investigó si existe algún parentesco?

(Ríe).

Es una pregunta que me hacen muy seguido.

Incluso un compañero de la Asociación de Recreación Histórica me dijo una vez:

—Jefe, usted debería hacerse una prueba de ADN.

Me sorprendió.

Él insistía en que el parecido era demasiado grande. No solo por la barba o el uniforme, sino por los rasgos físicos.

Me decía que hasta el párpado caído, el cabello ondulado, la estatura, la postura y la forma del rostro se parecían mucho a las de Cáceres.

Bromeando me recordó que durante la guerra él estuvo muchos años recorriendo la sierra y que, quién sabe, quizá dejó descendencia.

Confieso que alguna vez pensé seriamente en hacerme la prueba.

Sería una sorpresa enorme descubrir algún vínculo.

Y, por supuesto, un gran honor.

Aunque, sinceramente, creo que todos los peruanos llevamos algo de nuestros héroes.

—¿Ha conocido a familiares del mariscal?

Sí.

He conversado con algunos descendientes y varios me han enseñado fotografías antiguas.

Uno de ellos me dijo:

—Usted se parece muchísimo a mi tío bisabuelo.

Fue un comentario que me emocionó.

Pero el parecido no depende solo del rostro.

También debo cuidar mi peso, el corte de cabello y la barba para que el personaje siga viéndose lo más auténtico posible.

El coronel en retiro posa al pie del retrato de Andrés Avelino Cáceres, el “Brujo de los Andes”.

“Cuidar la barba es un verdadero calvario”

—¿Qué tan difícil es mantener una barba así durante todo el año?

Muchísimo.

La gente solo ve el resultado.

No imagina todo el trabajo que hay detrás.

En Lima, sobre todo durante el verano, conservar esta barba es un verdadero calvario.

El calor irrita la piel.

Produce picazón.

Molesta.

Mi esposa está pendiente de todo.

Ella me compra aceites, cremas y productos especiales para mantener la barba en buen estado.

Sin esos cuidados sería muy complicado.

—¿También requiere cuidados especiales?

Todos los días.

Hay que peinarla constantemente para evitar que se formen nudos.

Cuando eso ocurre, desenredarla duele bastante.

La lavo con un champú especial.

Uso un peine de hueso porque el plástico maltrata el cabello.

Además debo cuidar mucho la piel del rostro, ya que el sudor provoca irritaciones.

Todo eso forma parte del personaje.

—¿Incluso para dormir resulta incómoda?

Sí.

Dormir boca abajo o de costado es bastante incómodo.

La forma más práctica es dormir boca arriba para no aplastarla.

Son pequeños sacrificios que uno termina incorporando a la rutina.

—¿También debe controlar el largo?

Claro.

No puede crecer demasiado porque sobrepasaría el cuello del uniforme.

Hay que recortarla constantemente.

Todo busca mantener la imagen que tenía Cáceres.

Su barba seguía la moda prusiana de la época.

Es un detalle pequeño, pero importante para quienes hacemos recreación histórica.

—¿Alguna vez se ha preguntado cómo hacía el verdadero Cáceres para llevar esa barba en plena guerra?

Muchas veces.

Yo tengo cremas, champú y peines especiales.

Él no tenía nada de eso.

Imagino lo difícil que debió ser caminar durante semanas por la sierra, soportar el frío, la lluvia, el calor y las campañas militares sin poder descuidar la barba.

También pienso en cómo hacía para pasar desapercibido cuando era perseguido por el ejército chileno.

Son preguntas que me impulsan a seguir investigando.

Mientras más conozco su historia, más admiro todo lo que vivió.

—¿Le ha ocurrido alguna anécdota curiosa por llevar barba?

Varias.

Generalmente camino por Lima vestido de civil, con jeans y una casaca negra.

Más de una vez me han confundido con un musulmán.

Otras personas han pensado que soy árabe.

La barba llama mucho la atención.

—Su esposa aparece constantemente en esta historia.

Porque sin ella todo esto habría sido mucho más difícil.

Es mi principal apoyo.

Como es enfermera, cuida mucho mi alimentación para que mantenga el físico adecuado.

También se preocupa por mi salud, prepara el equipaje cuando debo viajar y está pendiente de todos los detalles del personaje.

Siempre me recuerda la responsabilidad que implica representar a Cáceres.

Me dice:

—Henri, cuida al personaje.

Y tiene razón.

Por respeto a esa imagen procuro mantener una conducta coherente.

No consumo alcohol cuando participo en actividades como Cáceres.

Tampoco acepto cargar banderas de partidos políticos.

Quiero que la gente recuerde al personaje por lo que representa para la historia del Perú, no por asuntos ajenos a él.

—Después de tantos años, ¿alguna vez pensó en cortarse la barba?

Muchas veces.

Hay temporadas en las que quisiera descansar uno o dos meses.

Pero casi nunca puedo.

Cuando pienso en cortármela aparece una invitación para desfilar en Cusco por Fiestas Patrias.

Después llega noviembre con las actividades por el Día de la Infantería.

En diciembre vienen nuevas conmemoraciones históricas.

Y cuando termina todo, ya es momento de prepararse otra vez para las escenificaciones de Pucará.

Al final pasa un año entero y sigo con la barba.

Ya se volvió parte de mi vida.

“Ya les dije que vayan buscando a otro Cáceres”

—¿Cree que todavía hay Tayta Cáceres para varios años más?

(Sonríe antes de responder).

En el último viaje ya sentí los efectos de la altura.

Los años no pasan en vano.

Tengo 55 años y el cuerpo empieza a cobrar factura. Ya no soy el oficial joven que comenzó a interpretar a Cáceres en 2010.

Ahora aparecen canas en la barba y en el cabello, y hasta tengo que teñirlas para mantener la imagen del personaje.

Hace poco les dije a mis rejoneros que empiecen a buscar un reemplazo.

Alguien que continúe esta labor con el mismo cariño y el mismo respeto.

Nadie es eterno.

Mientras Dios me dé salud y fuerzas seguiré haciéndolo, porque siento un enorme cariño por Pucará y por todo el Valle del Mantaro.

—En Huancayo ya casi nadie lo llama Henri.

Es verdad.

En mi casa sigo siendo Henri.

Pero aquí, en Huancayo, la mayoría me dice Tayta.

Así llamaban los campesinos a Cáceres durante la Campaña de la Breña.

Al principio me sorprendía.

Ahora lo recibo con mucho cariño.

Es una muestra del afecto que la gente tiene por el personaje.

—¿Qué significa eso para su familia?

Mi esposa está muy orgullosa.

Siempre me acompaña.

En una de las primeras escenificaciones interpretó a una rabona y nuestros hijos hicieron de soldados.

Después también representó a Antonia Moreno, la esposa de Cáceres.

Ella entiende que este personaje dejó de ser una actividad ocasional.

Terminó formando parte de nuestra vida.

—¿Alguna vez imaginó que interpretar a Cáceres cambiaría tanto su vida?

Nunca.

Pensé que sería una participación más.

Incluso cuando me trasladaron a otras regiones creí que buscarían a otra persona para el papel.

Pero seguían llamándome.

Recuerdo que una vez me comunicaron que existía una disposición para que volviera a dejarme crecer la barba porque debía representar nuevamente al Tayta Cáceres.

Ahí comprendí que ya no era solo un personaje.

Era una responsabilidad.

“Cuando me pongo el uniforme intento imaginar al ser humano que fue Cáceres”

—¿Qué siente cada vez que se viste como el mariscal?

Pienso en la enorme carga que llevaba sobre los hombros.

Imagino a los rejoneros, a las rabonas y a los campesinos depositando en él todas sus esperanzas.

Muchas veces olvidamos que era un ser humano.

Sentía miedo.

Pasaba hambre.

Sufría el frío.

Se enfermaba.

También conoció la traición.

Incluso hubo peruanos que terminaron luchando junto al ejército chileno.

Y, aun así, nunca dejó de pelear.

Eso es lo que más admiro.

Nunca bajó los brazos.

Nunca dejó de creer que todavía había algo por hacer.

—¿Hay alguna frase de Cáceres que lo acompañe siempre?

Sí.

Hay una que dijo cuando ya era anciano y que me parece muy vigente.

“El Perú será grande, será lo que tiene que ser, si todos los peruanos nos decidimos virilmente a engrandecerlo.”

Es una frase que resume lo que él esperaba del país.

También recuerdo mucho a Antonio Raimondi cuando decía que el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro.

Tenemos un país inmensamente rico.

Lo que muchas veces nos falta es aprender a administrarlo mejor y dejar de lado la corrupción y las divisiones.

—¿Qué representa Cáceres en su vida?

Representa la dignidad.

La capacidad de seguir adelante aun cuando todo parece perdido.

Era un hombre que enfrentó traiciones, escasez, abandono y enormes dificultades.

Sin embargo, nunca dejó de luchar por el país.

Ese ejemplo trasciende la historia militar.

También sirve para la vida diaria.

“Las escenificaciones no buscan generar odio”

—Hay quienes sostienen que estas representaciones solo alimentan el resentimiento hacia Chile.

Respeto todas las opiniones.

Pero ese nunca ha sido nuestro propósito.

No buscamos sembrar odio, xenofobia ni deseos de revancha.

Lo que hacemos es recordar un episodio fundamental de nuestra historia y rendir homenaje a quienes dieron su vida por el Perú.

La guerra nunca es buena.

Lo importante es aprender de ella.

—¿Qué opina de quienes todavía hablan de recuperar Tacna y Arica?

Creo que hay personas que intentan despertar resentimientos.

Las fronteras están definidas.

Los tratados también.

Como sociedad debemos mirar hacia adelante.

Ojalá llegue el día en que el mundo ya no necesite guerras, ejércitos ni cárceles.

El coronel EP (r) Henri Delgado Diestro y su esposa, caracterizada como Antonia Moreno, en una postal en sepia.

“La corrupción empieza en casa”

—¿Cuál cree que es el principal problema del Perú de hoy?

La corrupción.

Y estoy convencido de que no comienza cuando alguien llega al poder.

Empieza mucho antes.

Empieza en la casa.

Cuando un padre habla de honestidad, pero se mete a una fila, se queda con un vuelto que no le corresponde o celebra pequeñas trampas, les está enseñando a sus hijos que esas conductas son normales.

Los niños aprenden más con el ejemplo que con los discursos.

Por eso creo que el verdadero cambio empieza en la familia.

—¿Hubo alguna experiencia personal que reforzara esa forma de pensar?

Sí.

Cuando era niño viví un episodio de discriminación.

Mi padre trabajaba en Southern y un día quisimos ingresar a una piscina de la empresa.

Nos dijeron que no podíamos hacerlo porque teníamos el carnet de los obreros.

La piscina era solo para los funcionarios.

Lo que nunca olvidaré fue que nuestros amigos, hijos de funcionarios, decidieron quedarse con nosotros y tampoco entraron.

Muchos años después, ya como oficial del Ejército, me ocurrió algo parecido.

Después de una ceremonia me dijeron que debía almorzar en una mesa especial y que los soldados comerían en otro ambiente.

Me negué.

Les respondí que comería donde comieran mis soldados.

Creo que el respeto no puede depender del cargo que uno ocupa.

La charla termina tras varias horas de conversación.

Al día siguiente volverá a ponerse el uniforme azul, acomodará con paciencia la barba frente al espejo y montará otra vez a caballo para convertirse en el mariscal Andrés Avelino Cáceres.

Quizá algún día llegue el momento de entregar el personaje a alguien más.

Él mismo dice que ese día se acerca.

Pero todavía no.

Mientras tenga fuerzas, seguirá regresando a Pucará.

Antes de despedirse levanta la voz con la misma convicción con la que cada año revive la Campaña de la Breña.

¡Kausachun Perú, Tayta Cáceres!

Sonríe.

Y responde casi de inmediato:

¡Kausachun Perú!