Dudas que inmovilizan: El voto nulo o blanco solo favorece al Fujimorismo.

Lo que está en juego no es únicamente una elección. Está en disputa la posibilidad de que determinados sectores consoliden un proyecto político destinado a perpetuarse durante décadas, profundizando un modelo económico y político que cierre cualquier posibilidad de convivencia democrática.
La experiencia histórica demuestra que no han dudado en imponer su proyecto mediante la violencia, el miedo y el despojo, siempre en beneficio de determinados grupos de poder.
Jorge Rodríguez Ríos
Jorge Rodríguez Ríos
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Una vez más, un amplio sector de la población enfrenta la disyuntiva de elegir, en una segunda vuelta, entre opciones políticas que no los representan ni despiertan entusiasmo.

No se trata de una percepción aislada. La enorme dispersión y fragmentación reflejada en los resultados de la primera vuelta confirma que estamos ante una de las segundas vueltas más frías y apáticas de los últimos años. Ese es el escenario político en el que el país se encamina a una disputa entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez.

Frente a ello, han surgido diversas narrativas que buscan justificar el voto nulo o viciado, equiparando ambas candidaturas como si representaran exactamente lo mismo. Se insiste en la idea de que “da igual” quién llegue al poder, porque ninguna de las dos opciones encarnaría un proyecto democrático o verdaderamente decente.

Sin embargo, pese al desencanto generalizado, considero profundamente equivocado colocar a ambas fuerzas políticas en el mismo plano, como si expresaran una misma tradición histórica, cultural y política. En ese sentido, comparto la lectura del profesor Sinesio López, quien caracteriza a los votantes de ambas plataformas, en la primera vuelta, como la expresión, por un lado, del voto de los excluidos de esta “democracia” y, por otro, del voto de quienes legitiman políticas de desigualdad y explotación.

 

“Lo que está en juego no es únicamente una elección. Está en disputa la posibilidad de que determinados sectores consoliden un proyecto político destinado a perpetuarse durante décadas, profundizando un modelo económico y político que cierre cualquier posibilidad de convivencia democrática.”

 

El fujimorismo representa, además, la articulación entre sectores del gran poder económico, grupos emergentes y herederos del régimen autoritario de los años noventa, con el objetivo de profundizar la reaccionarización de la sociedad. En términos concretos, ello supone mayores niveles de explotación, desigualdad y vulneración de derechos civiles, sociales, económicos y humanos para las grandes mayorías del país.

En el contexto actual —marcado por el endurecimiento de las contradicciones políticas tanto en el Perú como en el mundo— resulta indispensable levantar un gran movimiento popular y democrático capaz de impedir el avance del oscurantismo, el conservadurismo y el fascismo; expresiones políticas que normalizan la criminalidad como herramienta de poder y promueven la captura de las instituciones para ponerlas al servicio de intereses particulares.

Lo que está en juego no es únicamente una elección. Está en disputa la posibilidad de que determinados sectores consoliden un proyecto político destinado a perpetuarse durante décadas, profundizando un modelo económico y político que cierre cualquier posibilidad de convivencia democrática.

No debemos subestimar la naturaleza de esas fuerzas. La experiencia histórica demuestra que no han dudado en imponer su proyecto mediante la violencia, el miedo y el despojo, siempre en beneficio de determinados grupos de poder.

No se trata únicamente de la memoria de lo que significó la dictadura de los años noventa, sino también de las prácticas políticas desarrolladas en los últimos años: el sostenimiento, desde el Congreso, del gobierno de Dina Boluarte y José Jerí; la eliminación sistemática de adversarios políticos; y la adecuación de leyes e instituciones a los intereses de su propia arquitectura de poder, con el objetivo de enquistarse en el Estado. Frente a ello, la pregunta no debería ser por qué enfrentarlos, sino cómo hacerlo de manera efectiva y contundente.

Juntos por el Perú tiene hoy el enorme desafío de fortalecer las aspiraciones de los sectores que le han permitido llegar a la segunda vuelta y conectar con ese amplio sector democrático y antifujimorista que, al mismo tiempo, mantiene una mirada crítica sobre la experiencia del gobierno de Pedro Castillo y sobre la composición política de su plataforma. Y esas críticas no responden necesariamente a prejuicios racistas ni a la narrativa de la ultraderecha, sino también a cuestionamientos legítimos sobre errores, limitaciones, oportunidades desperdiciadas y ambigüedades respecto a su horizonte político.

 

“No será lo mismo una victoria de Keiko Fujimori que cualquier otro desenlace. Son comprensibles las decepciones y frustraciones acumuladas; sin embargo, llamar al voto nulo o viciado solo termina favoreciendo al fujimorismo y, con ello, al avance de fuerzas cada vez más autoritarias, conservadoras y reaccionarias, tanto en el Perú como en el mundo.”

 

El peor error que podría cometer Juntos por el Perú sería adoptar una posición negacionista frente a esas críticas. Una parte importante de la ciudadanía espera autocrítica, honestidad política y capacidad de rectificación.

Por ello, los sectores democráticos que han luchado durante décadas contra el fujimorismo, que no se sienten representados por JP y que aún mantienen dudas, deberían conservar la serenidad y la lucidez demostradas en otras coyunturas, y asumir la necesidad de impulsar una política amplia e inmediata para enfrentar al fujimorismo y a los sectores ultraderechistas. Al mismo tiempo, resulta fundamental construir un escenario posterior a la segunda vuelta que permita seguir luchando por un país democrático y con justicia social.

No será lo mismo una victoria de Keiko Fujimori que cualquier otro desenlace. Son comprensibles las decepciones y frustraciones acumuladas; sin embargo, llamar al voto nulo o viciado solo termina favoreciendo al fujimorismo y, con ello, al avance de fuerzas cada vez más autoritarias, conservadoras y reaccionarias, tanto en el Perú como en el mundo.