Foto: Jhefryn Sedano - imagen referencial de archivo de Huanca York Times

Crónica del sismo en Chupaca: ¿Qué pasa cuando las cámaras se apagan?

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Escribe: Emily Varillas

En los Andes, las personas madrugan con el alba y se acuestan cuando el sol da paso a la luna y las estrellas. Aseguran sus puertas con candados, una costumbre heredada de los abuelos. Sin saberlo, aquella práctica cotidiana se convirtió, la noche del sismo, en uno de los mayores problemas.

Era sábado, Chupaca vivía su feria habitual. Las calles se llenaban  de comerciantes, compradores y habitantes de los distritos y anexos aledaños. Muchos esperaban que terminara la jornada para disfrutar del domingo, el día de descanso para quienes trabajan la tierra. Nadie imaginaba que pocas horas después esa normalidad se rompería.

Cuando el sismo de magnitud 5.1 sacudió la provincia, la mayoría de las familias estaban dormidas. En cuestión de segundos, la tranquilidad de la noche se transformó en miedo, gritos y el deseo desesperado de poner a salvo a los seres queridos. El movimiento, provocado por la reactivación de la falla del Alto Mantaro, con epicentro en Chupaca, alcanzó a la mayoría de sus distritos. Como ocurre con las crisis que atraviesan una sociedad, llegó a todos, pero no golpeó a todos por igual.

Unas semanas después,  Keiko Fujimori llegó al distrito de Chongos Bajo. Al parecer, era en serio eso de gobernar como su padre: caminar entre las personas, darse un baño de popularidad arropada por los medios tradicionales, “recibir regalos” y hacer promesas. Cuando se fue, todo volvió a ser igual.

¿Qué quedó en Chongos Bajo?

Para las familias cuyas viviendas quedaron dañadas y su economía fue golpeada,  todavía tienen miedo de volver a dormir bajo un techo, la emergencia no terminó. A un mes del sismo, cuentan qué ocurrió después de la emergencia, qué cambió en sus vidas, qué ayuda recibieron, qué quedó pendiente y qué necesitan para reconstruirse.

Esperanza, una comerciante de la clásica gelatina de patita, comenta que la venta ha disminuido. Antes eran cuatro dedicadas al mismo rubro y vendían todo. Después del desastre, la mujer cuenta que no puede salir todos los días. El sismo también modificó las formas más sencillas de ganarse la vida.

Tras el temblor, Esperanza regresó a su natal Chacapampa, Canipaco,  para brindar ayuda junto a su hijo. Entre todo, destaca que observó el caso de una adulta mayor que perdió su casa. Le dieron una carpa y ahora vive detrás del colegio, en una pampa, junto a otros damnificados. Allí se organizan con otras personas para comer y hacer una olla común. No tiene idea de cuándo se podrá reconstruir su casa. Mientras tanto, la autogestión es clave en momentos de crisis. En vano no se dice que hay comidas que alimentan el alma y el cuerpo.

La olla común funciona y une, pero las rutinas y los oficios son distintos. La mujer de Chacapampa se va al campo muy temprano, incluso sin desayunar, porque la olla común comienza tarde. Está sola. No tuvo hijos, solo sobrinas que no la ayudan. En los Andes hay una frase común hacia las mujeres: debes tener hijos para que te vean y te cuiden cuando seas vieja; si no, ¿quién va a verte en tu vejez? El desastre también desnuda la realidad latente de soledad y abandono en el que se encuentran muchas adultas mayores en el campo.

La reconstrucción vuelve a mostrar la misma tensión: mientras las instituciones avanzan, la comunidad empieza a resolver lo urgente con sus propias manos. En Chacapampa se juntaron e hicieron una faena para limpiar el colegio. Uno de sus pabellones quedó afectado y ya no podrán hacer clases allí. También perdieron su local comunal. Saben que solo estando organizados y juntos podrán presionar para que el Estado cumpla con su responsabilidad. Pero saben que será una lucha larga. 

En el mismo Chongos Bajo, a cuadras de la plaza principal, se encuentra Eva, de aquel día recuerda solamente la desesperación por salir de la casa con todos sus seres queridos. Durante los días siguientes, lo último que pasaba por su cabeza era alimentarse. ¿Cómo podría hacerlo si sentía que lo había perdido todo?

Las réplicas siguen dándose y el miedo está presente todos los días. La tensión, la preocupación y la incertidumbre les robaron el hambre y el sueño.  Por eso agradece que las personas foráneas hayan llegado con donaciones, especialmente con agua, desayunos y alimentos listos para consumir.

Nomalía, su compañera de trabajo, cuenta que incluso tuvieron que dejar de lado prácticas tan significativas como velar a un familiar. “¿Qué tal nos agarra ahí el temblor a todos? Nos vamos con el difunto. Tengo hijos”, dice mientras continúa desgranando el maíz.

El maíz de Chongos es una de las mejores semillas del valle del Mantaro. Principalmente son mujeres quienes lo desgranan y escogen. Eva, la adulta mayor, está preocupada porque le dieron una carpa y escuchó que pronto les entregarían un módulo. Pero todavía le falta retirar algunas pertenencias de su vivienda. Las cañerías están rotas, la caja de luz debe ser cambiada y dentro de la carpa no hay electricidad. Solo se alumbran con linternas.

Necesita trabajar. Quedarse en una carpa no es una posibilidad para todos: jóvenes y mujeres ya han regresado al campo porque necesitan recuperar su sustento económico.

La ruta oficial de la ayuda es clara: el Gobierno nacional entrega los bienes a INDECI y este, a su vez, al gobierno local. Después del empadronamiento se distribuyeron tachos para agua, víveres, catres, frazadas, ollas familiares y colchones. También se contemplan bonos, Techo Propio y reparación.

Pero entre la ruta institucional y la experiencia de las familias existe una distancia. La información circula principalmente de persona en persona y se van agregando y retirando datos.

“Ya nos conocemos entre nosotros”. La frase resume una de las respuestas más importantes que surgieron después del sismo. Las familias acordaron reunirse para recibir la ayuda de manera equitativa. Ellos saben quién vive allí. Saben quién perdió su vivienda. Saben quién necesita ayuda. También saben que no todos pudieron salir a buscarla. Quienes lo perdieron todo muchas veces no tenían energía para buscar donaciones. Estaban intentando salvar lo poco que todavía les quedaba.

En los albergues, esta organización adquiere una forma concreta. Tres familias se turnan cada día para preparar las tres comidas. Destaca la presencia intergeneracional; en ella participan desde adolescentes hasta adultas mayores. En otros espacios, las familias regresan a sus viviendas para rescatar granos de sus cosechas, ollas o algún mueble. En 4 Esquinas, los módulos están vacíos durante buena parte del día porque las familias volvieron al campo. Los cultivos apremian y las necesidades económicas no esperan.

El miedo ahora también tiene otra forma: estar lejos de los seres queridos, no llegar a tiempo si ocurre otra réplica, no poder ayudarlos.

Reconstruir no es solo levantar la casa

Para quienes permanecen en carpas, las condiciones siguen siendo precarias. Y para quienes regresaron al campo, la emergencia tiene otra dimensión: se han muerto animales, se han perdido granos de las cosechas y se han afectado los medios de vida.

La reconstrucción no puede reducirse a levantar paredes. Hay que recuperar aquello que permite vivir. Por eso, incluso mientras esperan la ayuda estatal, los distritos aledaños están trasladando y vendiendo sus granos para evitar perderlo todo frente a las réplicas constantes.

El sismo no solo dejó viviendas dañadas. También alcanzó espacios comunitarios, iglesias, escuelas y lugares que forman parte de la memoria de los pueblos.

En Virgen del Rosario, los niños salen tomados de la mano de sus padres. Al principio, no querían regresar a clases. Las réplicas también habían ocurrido en horario escolar. El miedo permanece en las aulas y las rajaduras visibles intensifican ese sentimiento. La infraestructura es nueva, pero ahora también genera miedo.

El colegio Santiago León ha recibido domos para que las clases no se detengan. Queda pendiente la reconstrucción.

Ha transcurrido más de un mes desde la emergencia. Cuando todo se quebró, aparecieron formas de sostenerse entre vecinos: una olla común, una faena, tres familias cocinando por turnos, una comunidad limpiando su colegio, personas regresando al campo, vecinos trasladando sus granos para evitar perderlos.

Ahora esperan que el Estado cumpla con su responsabilidad. Recordemos que mientras las cámaras ya se fueron la emergencia sigue.

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