Sospecho que el lector que se vea enfrente de estas crónicas no admitirá en un inicio el eco reflexivo que infunde el texto luego de haberlo deglutido. Los hijos de Goni de Quya Reyna se hace pasar por un libro muy ligero, transparente y de posible lectura acelerada. Pero, como las acequias en los andes, hay que saber mirar sus honduras y sus alternancias, lo que sedimentaría o lo que al parecer es turbio. Los hijos de Goni, como las acequias, refrescan al lector en la tierra andina y mueven las finas capas de letargo de la seca.
El aura con que la protagonista transita suele estar embadurnada entre inocencia, sabiduría y fracciones de humor, que es en definitiva el estoicismo de no poder dominar la desventura. Este artificio, mostrado ya en el Lazarillo de Tormes, increpa a la niñez amenazada sin esperanza. Libros como Días de infancia de Máximo Gorki pueden dialogar con Los hijos de Goni o también ciertos capítulos de los Ríos profundos de José María Arguedas. En nuestro Valle del Mantaro es indiscutible no mencionar a Julián Huanay con su Retoño. Pero más allá de la semblanza, la gran diferencia en Los hijos de Goni, y por eso lo esencial de su aparición, es la contemplación femenina dejando atrás la infancia.
Los hijos de Goni contempla, junto a la pérdida de infancia, la vorágine de calzar alguna identidad. Los personajes habitan una tierra recrudecida por el frío y por la zigzagueante danza del hambre. Nunca se está totalmente seguro de la subsistencia, así se ha de gestar la necesidad de moverse ante la indiferencia política que en escritos como “Los extraños” y “Los hijos de Goni” desafían el entorno familiar. Ya no se es solo la hija de alguien, ahora se puede ser el hijo de un malévolo personaje.
Y son las identidades, aquellas sustancias que dependiendo el tiempo y el lugar van nutriendo la conciencia inicial. Puede ser que esas identidades no sean porosas y se reducen a maniqueístas formas de tolerar al otro. En “El arte del Khamaneo” esto es constante. Uno se es comprador y vendedor unísonamente. Si bien la informalidad circunda los escritos como la posibilidad de perdurar, esta cobra su cuota en normalizar las relaciones económicas en todo el plano de nuestra vida.
“En La Paz nada pacífica es donde se mira a los ojos con la constante hija de la colonización: el racismo”.
Colonizada la mente en la transacción, es indiscutible, que los personajes sean a veces paisajes áridos. Lúcida apreciación cuando la protagonista menciona: “La culpa es de la colonia” y enseguida muestra que el eslabón más frágil de este proceso sigue siendo la mujer en su encuentro con el idioma y la escritura, extendiendo la culpa ya al estado independiente. O en “El huicho” las identidades no fraguan, pues las personas son medios y no finalidades. A pesar de ello, los personajes conocen que el consuelo de los no exitosos está en la fortuna moral estentórea.
Es ya en “La ratera” donde una identidad deberá ser evaluada por la protagonista. El temor de no asumirse no se compara con el temor de ser etiquetado e impregnado de una sucesión de personalidades decadentes. Quién quiere ser como el hijo de Goni, o quién quiere ser como Juanito, demuestra que tenemos nuestros estándares de normatividad, familiares o sociales, que atormentan a los niños y niñas. Como es visto en “Los extraños”, donde los ojos de la madre, tan alejados de uno, pero tan profundos con los otros, repercute la identidad en formación. Y esta constante duda identitaria, de decir que soy ante el mundo afuera queda visualmente expuesta en la gran metáfora de el “Perro gris”. Donde, si se quiere adaptar una identidad, en este caso de defensora de los animales, se requerirá de una víctima propiciatoria. Un salvar a alguien para salvarme a mí.
He mencionado el hambre. El hambre y su penosa estimulación en los ojos y en su creatividad melancólica de subsistencia. Pocos personajes que han atravesado la íntima austeridad aprenden a ver y a fijarse en lo no comido. El papá en “Los hijos de Goni” bien conversaría con Vladek Spiegelman, el padre en la novela gráfica Maus de Art Spiegelman. En “El fiambre”, por ejemplo, la riqueza moral en contraposición al hambre es descrita extensamente. La vocecita íntima de la protagonista comienza a resonar y tantear la realidad endeble de El Alto boliviano, para luego de sopesar el castigo afrontar el desafío. Aquí el ágape escolar y la simplicidad del huevito como metáfora de la célula en formación se suman para hacer el milagro diario en dichos territorios: Multiplicar lo poco que hay.
Por ello es espléndido el final. El gran escenario de apreciación de identidades y del hambre. En “La ciudad¨ aparece este pequeño babel de rostros. En La Paz nada pacífica es donde se mira a los ojos con la constante hija de la colonización: el racismo. Si las demás identidades funcionaban en un marco familiar, donde uno se iba adiestrando con severidad y profunda compasión, todo vuelve a foja cero en la ciudad, siendo otra niña que parte los mundos en el intento frustrado de jugar, que es la metáfora universal de asumirnos quizás como iguales.

