Escribe: Gabriela Verdezoto Landívar – Mongabay Latam
“Como está marchando el mundo, no hay profesión que no vaya a usar la programación”, dice Pedro Galindo Vera, científico de datos y líder del departamento de Tecnología Aplicada a la Conservación de la Fundación Jocotoco, una organización de la sociedad civil dedicada a la conservación. Lo dice desde el puesto de copiloto de una furgoneta azul en la que junto a Christian Palma, experto en Machine Learning (inteligencia artificial) y un equipo de Mongabay Latam se dirige a Narupa. Se trata de una reserva protegida privada de la Amazonía ecuatoriana en la que se vienen instalando, desde octubre de 2025, monitores acústicos inteligentes que procesan sonidos en tiempo real.
Aunque suele ser más común monitorear la naturaleza con imágenes a partir de cámaras trampa, el sonido puede ser superior a la hora de identificar una especie o una amenaza, explican los científicos: la cámara solo detecta lo que se ve varios metros alrededor, mientras que el canto de una ave o un disparo se puede escuchar a dos kilómetros de distancia.
Ubicada en Cotundo, provincia de Napo, esta reserva protege 600 hectáreas de bosque piemontano amazónico. Creada en 2006, actúa como un corredor biológico estratégico entre las zonas de amortiguamiento de los parques nacionales Sumaco Napo-Galeras y Antisana, resguardando ecosistemas únicos en una altitud de entre 1100 y 1580 metros sobre el nivel del mar.

Ni Christian Palma ni Pedro Galindo son expertos en cantos de aves o sonidos de mamíferos. Tampoco han estado nunca en Narupa. La curiosidad por el paisaje y las selfis con el volcán Antisana los delata. Aún así, han escuchado enormes cantidades de audios de la zona, pudiendo reentrenar una herramienta de inteligencia artificial (IA) para clasificar los modelos bioacústicos e identificar exactamente las especies que hay allí.
Entre noviembre de 2025 y marzo de 2026 los científicos procesaron millones de audios de las grabadoras ubicadas en Narupa y bosques aledaños a través de la IA. De esto salió una lista confirmada de especies que entregaron a las comunidades kichwa Santa Rita y San Francisco para que estas, a su vez, puedan utilizar los datos científicos en sus planes de manejo.
Este encadenamiento de pasos fue clave para que los territorios de las comunidades se convirtieran en las dos primeras áreas protegidas por pobladores locales en Ecuador, proceso conocido como Otras Medidas Efectivas de Conservación Basadas en Áreas (OMEC).
Leer más | Bosques deforestados en Costa Rica vuelven a «cantar» tras décadas de regeneración
La IA necesita entrenamiento con datos locales
Las cuatro horas que dura el trayecto Quito-Archidona fue tiempo suficiente para que los dos matemáticos desmenuzaran el camino de la inteligencia artificial, desde sus orígenes hasta la aplicación que, puntualmente, tiene en la reserva Narupa.
La historia es más antigua de lo que muchos imaginan. A mediados de los años 40, el científico húngaro-americano, Jhon Von Neumman, se percató de que las redes neuronales del cerebro ofrecían el sistema de procesamiento de información más poderoso disponible y se preguntó si sería posible construir una máquina que produjese máquinas más complejas que ella misma. Es decir, máquinas que crearan otras máquinas, que a su vez produjeran otras en un bucle infinito. Estas reflexiones fueron el germen de la inteligencia artificial.
En 2025, la IA, ya hecha una realidad, aterrizó en la Amazonía ecuatoriana para revolucionar la detección de especies en Narupa, reduciendo drásticamente los tiempos de procesamiento de datos. Antes, el monitoreo era realizado con grabadoras análogas. Todo el proceso de instalarlas, retirarlas y analizar los audios recogidos podía tardar un año o más en generar resultados.
Con la IA, el tiempo se acortó. La Fundación Jocotoco recopiló más de 2 000 000 de audios entre 2023 y 2025. La IA les permitió clasificar y analizar esta vasta cantidad de datos en solo tres meses.

Arrimado a una de las ventanas de la furgoneta, mientras detrás corre la selva por la carretera, Cristian Palma intenta explicar su trabajo, adelantándose a decir que es un reto diario y complejo. Lo que hace, junto con Pedro Galindo, es reentrenar modelos de IA fundacionales ―es decir, grandes redes neuronales alimentadas con una enorme cantidad de datos de sonidos de animales de todo el mundo― con datos acústicos locales de Ecuador. El objetivo es mejorar la detección de especies en ecosistemas tropicales y la identificación de eventos acústicos que puedan representar amenazas.
Con esta metodología han logrando detectar especies como el tororoí o jocotoco (Grallaria ridgelyi) en más de 20 puntos de Tapichalaca, otra reserva ecológica privada al sur de Ecuador, superando significativamente los ocho a 10 puntos que detectó, en la misma zona, el súper modelo de IA BirdNet, uno de los modelos bioacústicos más reconocidos en el mundo, desarrollado por el Laboratorio de Ornitología de Cornell y la Universidad Tecnológica de Chemnitz.
Esta inmediatez digital sumada a la especificidad de las condiciones ambientales de los bosques amazónicos ecuatorianos ha sido crucial para la conservación y es un pequeño orgullo para estos dos científicos ecuatorianos.

La importancia del sonido
Son las diez de la mañana y el frío de la madrugada con el que salimos de Quito es reemplazado por el calor del inicio de la selva. El equipo de científicos llega a una casa de madera en una finca que colinda con la reserva Narupa. Los reciben la guardaparque Lisbeth Alvarado y Juan David Ortega, coordinador del programa Andes-Amazonía, una propuesta de Jocotoco para unir varias áreas protegidas y comunidades con el fin de crear y conservar un corredor ecológico que va desde el páramo hasta el borde del Parque Nacional Yasuní.
Los cuatro han trabajado juntos hace casi un año: Galindo y Palma desde sus computadores, Ortega y Alvarado desde el campo. Los primeros entrenando a la IA para que clasifique los sonidos por especies y los segundos caminando 12 kilómetros diarios por la reserva patrullando y monitoreando amenazas como la minería o la tala ilegal. Juan David Ortega y Lizbeth Alvarado también participaron en la instalación de los equipos ecoacústicos inteligentes.
El objetivo de este encuentro en campo es verificar si lo que registra el monitoreo digital concuerda con lo que ven a diario los guardaparques.

“El equipo [ecoacústico] es muy sencillo y consta de una computadora interna llamada Rapsberry5, en la que corren nuestros modelos de IA ya entrenados”, dice con toda la pasión Pedro Galindo, en medio del bosque y con el aparataje electrónico en la mano. Un panel solar hace de techo. Hay también un juego de baterías de circuito controlador y un sistema de wifi. Dos minutos de grabación, 13 de descanso, así funcionan las grabadoras digitales. Lo que, según Galindo, da un estimado de 2880 audios por estación de monitoreo por mes.

Pedro Galindo explica que la bioacústica, es decir, identificar especies por sus cantos o sonidos, es algo nuevo si se compara con la información obtenida por las cámaras trampa. El video, en estudios de conservación, ha sido más utilizado. La diferencia entre ambos métodos radica en su madurez tecnológica y en la robustez de sus algoritmos. Los modelos matemáticos de reconocimiento de imágenes llevan una ventaja de 15 años, mientras que los modelos ecoacústicos son relativamente nuevos, con menos de ocho años de desarrollo.
Sin embargo, según Palma, la ecoacústica es superior a la imagen para identificar especies o amenazas en el bosque: mientras que una cámara captura sólo lo que ocurre en unos pocos metros cuadrados, el sonido viaja kilómetros, permitiendo identificar disparos o maquinaria a gran distancia. De hecho, la ecoacústica es una técnica inspirada en sistemas actuales de vigilancia militar, asegura Palma, y pone un ejemplo: un cazador podría evadir fácilmente el lente de una cámara, pero el estruendo de un arma puede detectarse a dos kilómetros a la redonda. “Esta capacidad convierte a la ecoacústica en una herramienta de protección territorial extremadamente eficiente y económica en comparación con la vigilancia satelital”.
Al final, toda la información procesada digitalmente pasa al proceso de validación, en el que expertos en aves, mamíferos, ecólogos y biólogos verifican los datos arrojados por la IA.
Después del recorrido que hizo Mongabay Latam con el grupo de Jocotoco, los científicos decidieron crear “Cuando la selva canta”, una experiencia bioacústica interactiva para este reportaje. El visualizador reproduce el audio, muestra su espectrograma y resalta las especies detectadas en el momento en que aparecen, revelando cómo la biodiversidad también deja huellas invisibles en el sonido.
Parabiológos: la validación del ojo y el oído local
Juan David Ortega trabaja para que las personas que patrullan a diario el parque Narupa, así como las comunidades que viven alrededor, también puedan ser validadores de la información procesada por la IA. Al certificar a jóvenes locales como técnicos, se garantiza que el conocimiento se quede en la comunidad y que la validación de la IA responda a la especificidad ecológica de Ecuador.
Aquí es donde surge la figura del parabiólogo o monitor comunitario. Su conocimiento adquirido desde la infancia —jugando a escuchar las aves y reconocer su canto, o adivinar en la noche si un ruido entre los árboles es el de un jaguar o el de un oso de anteojos— le permite identificar especies que la IA no procesa con exactitud. La idea es que el monitor comunitario pueda, a través de un celular, apoyar la validación de los datos, explica Ortega.
Pedro Galindo le da play a un audio que Lizbeth Alvarado y Juan David Ortega escuchan atentos.
―En su experiencia, ¿esto es una motosierra?―, pregunta el científico.
―Parece una motoguadaña―, dicen al unísono los dos guardaparques.
―¿Y esto?
―Motoguadaña
Escucharon varios audios más que, para Alvarado y Ortega, no eran motosierras sino motoguadañas.
La diferencia es importante, explica la guardaparque, porque si bien en esta zona existe la amenaza de la tala, también hay fincas en las que los campesinos trabajan en pastizales y usan motoguadañas.
Esta diferenciación hizo que, inmediatamente, Pedro Galindo y Christian Palma agregaran una nueva categoría de sonido para reentrenar a la IA.
“Están viendo en vivo cómo se fusiona el trabajo digital con el de campo. Acabamos de enriquecer nuestra base de datos y la de la IA. Gracias a Juan David y Lizbeth aumentamos una nueva clasificación de sonido de amenazas: la motoguadaña”, dice Galindo.

El resultado del procesamiento de millones de audios de sonidos del bosque de Narupa se refleja en una planilla de Excel en la que se cuentan las veces que un animal fue detectado, la fecha, la hora y el lugar. Estos datos dan un parámetro de biodiversidad (número de especies).
Jocotoco trasladó esta metodología a los bosques de las comunidades indígenas kichwa Santa Rita y San Francisco para que puedan conocer el nivel de biodiversidad de sus tierras. Los líderes kichwa de ambas comunidades aseguran que gracias a estos datos (que llegan rápido y actualizados) sus planes de manejo han logrado ser más reales y más ambiciosos.
San Francisco: la comunidad kichwa que contrarresta la deforestación con cultura
Escuchar a Javier Huacatoca es casi como escuchar al río. Su tono es calmado. La conservación y la vida al ritmo de la naturaleza son argumentos tan contundentes que no se necesita alzar la voz. Como presidente de la comunidad San Francisco, recibe al equipo de Mongabay Latam en la orilla del río Misahualli.
Es casi mediodía y Huacatoca lleva a los periodistas al segundo piso de una cabaña de madera que hace las veces de mirador. Allí cuenta que la comunidad que dirige tiene 3735 hectáreas y que fue reconocida, junto a la comunidad Santa Rita, como las primeras dos OMEC comunitarias de Ecuador.
OMEC es la abreviatura de “Otras Medidas Efectivas de Conservación”, territorios geográficamente definidos que no son parte de áreas protegidas, pero que logran conservar la diversidad biológica, cultural y espiritual de los grupos humanos que viven en ellos.

Esta categoría de protección fue aprobada en 2018 por la Convención sobre Diversidad Biológica, de la cual Ecuador es parte desde 1993, y puede ser gestionada por agencias gubernamentales, actores privados, pueblos indígenas o comunidades locales. La comunidad San Francisco es, además, parte de Socio Bosque, una iniciativa gubernamental que entrega incentivos económicos a personas y comunidades a cambio de la conservación de sus territorios.
Fue la organización local Yakuwarmi, compuesta en un 80 % por mujeres, que promueve la conservación, restauración y reparación del medioambiente, la que los acompañó en el proceso de presentar toda la documentación al Ministerio de Ambiente y Energía. Justamente, los informes de biodiversidad procesados con IA fueron clave para sustentar la creación de las OMEC.
Las comunidades ancestrales deben tener un plan de vida y un plan de manejo. El primero ayuda al pueblo a lograr sus metas y el segundo “es la guía de cómo vamos a organizarnos y gestionar nuestro territorio. Ahí debe constar qué tipo de animales tenemos”, explica Xavier Huacatoca. Además, es un requerimiento del Ministerio de Ambiente y Energía que permite que las comunidades puedan poner en marcha proyectos propios o en alianza con ONG o con otros pueblos para conseguir financiamiento.
Para la construcción de esos planes de manejo, “los datos que nos dieron de Jocotoco nos ayudaron muchísimo para saber cómo conservar mejor. No queremos repetir la historia de Capirona”, asegura Huacatoca.
Capirona es otra comunidad kichwa ancestral de Napo, asentada entre dos ríos que fueron contaminados tres años atrás por minería ilegal.
A través de todo el trabajo realizado con la IA, se pudo concluir que en San Francisco habita el tinamú gris (Tinamus tao), que está en categoría Vulnerable, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). También el Tinamú grande (Tinamus major), mapaches cangrejeros (Procyon cancrivorus), ocelotes (Leopardus pardalis), armadillos de nueve bandas (Dasypus novemcinctus), ardilla roja norte amazónica (Hadrosciurus igniventris), cabeza de mate (Eira barbara), paca de tierras bajas (Cuniculus paca), coatí sudamericano (Nasua nasua) y monos capuchinos de frente blanca de Humboldt (Cebus yuracus), especie que está catalogada como Casi Amenazada.

En Santa Rita se hallaron especies como el puma (Puma concolor), el acuchí verde (Myoprocta pratti), el agutí negro (Dasyprocta fuliginosa), la chamaeza colicorta (Chamaeza campanisona), la pava ala de hoz (Chamaepetes goudotii) y el corzuelo rojo pequeño (Mazama rufina), que se encuentra en la categoría Vulnerable, según la UICN.

Las mujeres de Yacuwarmi explican que los datos permiten a los líderes comunitarios zonificar su territorio: decidir qué áreas son de conservación estricta y cuáles son para uso sostenible o turismo. También ayudan a apalancar el financiamiento con pruebas irrefutables (fotos y audios) de la presencia de especies amenazadas ante organismos internacionales; y a la defensa territorial, utilizando mapas interactivos para demostrar la importancia biológica de sus tierras frente a presiones mineras o madereras.
La información ya no es un archivo muerto en una oficina de Quito, ahora regresa a las asambleas comunitarias traducida al kichwa, gracias al trabajo de las Yacuwarmi, con leyendas que integran el nombre científico y la importancia cultural de cada animal. En la Amazonía, la IA se ha convertido en el nuevo aliado de la sabiduría antigua, permitiendo que las comunidades digan con orgullo: “Mi bosque, nadie tala, nadie mina… nuestra vida se respeta”.
* Este reportaje fue publicado originalmente en Mongabay Latam

