El reloj alemán de la Catedral de Huancayo vuelve a latir tras 23 años, obra de un relojero peruano

A 30 metros de altura y cargando más de 20 kilos de herramientas, Luis Sisniegas, quien ya revivió relojes históricos en Colombia y Lima, trabaja para devolver la vida al mecanismo instalado en 1925 y hacer que las campanas vuelvan a marcar las horas de la ciudad.
Reloj alemán de la Catedral de Huancayo vuelve a funcionar tras 23 años gracias a un relojero peruano.
Adelina R. Castro
Adelina R. Castro
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El silencio como oficina

A inicios de junio, con el frío de Huancayo golpeando un cuerpo que todavía extrañaba la costa, Luis Enrique Sisniegas Phocco (Heredia para los relojeros, Lucho para sus amigos) subió por primera vez a la torre de la Catedral de Huancayo. No llevó música ni compañía, solo una mochila de más de 20 kilos y una regla que se impone siempre. “No quiero distracciones. Necesito estar altamente concentrado”.

Arriba, a unos 30 metros de altura, entre cajas que guardan más de 100 piezas de un reloj alemán dormido desde hace 23 años, este hombre de 46 años trabaja como quien opera un corazón. Percutores, fresador, esmeril de escultor, llaves maestras, puntas de diamante. “Es como un instrumental médico”, dice. Por algo le dicen el cirujano del tiempo.

Un oficio que no se aprende en ninguna escuela

Luis nació en La Victoria, un 9 de agosto de 1979. Nunca pisó una academia de relojería. Aprendió del hombre que fue su padre en el oficio, don Andrés Heredia Bellido, quien tuvo taller en La Victoria durante 35 años. “Empecé con relojes pequeños”, recuerda. Hoy, con 30 años de carrera, lo dice con la naturalidad de quien no concibe otra vida. “Tengo la relojería en el ADN. Estuve en otros lugares trabajando y me llaman para arreglar relojes y lo dejo todo”.

A los 21 años, cuando muchos apenas terminan la universidad, Luis ya cruzaba fronteras. Colombia, Panamá, Costa Rica. No era turismo, sino la búsqueda de maestros que supieran de cadenas, de tambores, de cómo adaptar una pieza que ya no existe en ningún lado del mundo. En Antioquia, Colombia, vio un reloj de torre muerto y sintió algo que no supo explicar. Lo resucitó. Desde entonces no ha parado.

El meollo del asunto

“El meollo de un relojero es qué hacer cuando el reloj es antiguo y ya no es posible conseguir las piezas originales”, dice Luis. Y describe un ritual que parece obsesión. “Analizo, estudio el caso para encontrar la solución. Ni duermo viendo las fotos en horas fuera de trabajo”.

Hay algo casi doloroso en su honestidad. Cuenta que ha visto desechar relojes de oro antiguos porque alguien antes que él los “manoseó”, esa es la palabra que usan los técnicos cuando un aprendiz o un curioso desarma lo que no debe. “Cuando lo manosean, ya no es igual”. Un reloj en Colombia le costó una semana entera de armar y desarmar porque sus piezas ya no eran originales. “Eso es lo más difícil”.

La torre, las voces y la soledad

Trabajar en torres no es solo técnica, también es una experiencia que roza lo inexplicable. Cuando le preguntan si tiene anécdotas, Luis no cuenta chistes. Dice esto. “En todas las torres penan. Qué será, pero siempre sucede. Cuando me quedaba trabajando hasta de noche, escuchaba voces o sonaba algo, iba y no encontraba a nadie”.

Y sin embargo prefiere la soledad. “Me agrada trabajar solo”, repite, como quien se siente acompañado solo por el tic-tac que aún no existe pero que ya escucha en su cabeza.

Luis Sisniegas durante la restauración del histórico reloj del Parque Universitario de Lima, uno de los trabajos más emblemáticos de su carrera.

La obra maestra que llevó el Himno Nacional

Si hay un reloj que lleva grabado en el alma de Luis, es el del Parque Universitario de Lima. Lo arregló en octubre de 2010. No solo lo devolvió a la vida, también le instaló las partituras completas del Himno Nacional del Perú, coro y primera estrofa. Durante 15 años, de abril de 2011 a mayo de 2026, fue su guardián técnico. Su hijo mayor.

Pero el reloj de Huancayo tiene algo especial, es un desafío vivo. “Ya está operativo al 90 por ciento”, dice con la sonrisa de quien sabe que la batalla más dura está por venir. “Solo me falta calibrar la precisión entre el repique de las campanas y el reloj al dar la hora. Cada hora las campanas tocarán. La sincronización exacta me está sacando canas verdes, pero lo lograremos”.

El peso de un segundo

Luis no es un hombre de frases grandilocuentes, pero cuando habla de su oficio, las palabras pesan. “En relojería, lamentablemente, si uno falla, por un minuto, por un segundo, puede costar una vida. Hay que reparar, calibrar con precisión. No se trata de mover las agujas por mover. Hay que conocer como la palma de la mano el corazón mecánico del reloj y de las campanas”.

Y luego, una confesión que duele. “La mayoría de los relojeros se vuelve sordo”. El sacrificio no es solo físico, también es existencial.

El hombre que no usa reloj

En el centro de la paradoja está el propio Luis Sisniegas. El hombre que ha resucitado un promedio de 20 relojes históricos en el Perú, que domina doce sistemas de relojes en el mundo, que puede diagnosticar un mecanismo en 15 minutos sin necesidad de planos, no usa reloj. “No sé por qué, no uso reloj. Ahora todo está en el celular”, dice, entre risas y melancolía.

Intentó enseñar a sus sobrinos. Ellos le respondieron. “Eso es trabajo para viejos”. Se ríe, pero la risa no llega a los ojos, porque sabe que está viendo desaparecer algo que no es solo su oficio, sino una forma de entender el mundo. “Predigo que en los próximos años ya no habrán relojeros de monumentos que armen y desarmen los enormes relojes”, dice. “Los especialistas en relojes pequeños todavía permanecerán, pero de los relojes grandes, no”.

La hora peruana

A Luis no le gusta la impuntualidad. No como discurso moral, sino como contradicción personal. “La hora peruana o la impuntualidad es una idiosincrasia del peruano por falta de organización. En mi trabajo siempre puntual. Es cuestión de organizarse”. El hombre que pasa meses calibrando segundos no puede concebir la vida sin precisión.

El reloj que vuelve a nacer

El reloj de la Catedral de Huancayo, instalado en 1925, con 90 kilos de peso, más de 100 piezas, inoperativo desde 2003, volverá a marcar el tiempo en un año de triple celebración. los 100 años de la torre, los 60 años de la Arquidiócesis de Huancayo, y los 101 años del propio mecanismo alemán.

La comunidad lo hizo posible. La Kermés Parroquial de las Parroquias Solidarias El Sagrario, Catedral y La Inmaculada, los fieles, los benefactores. Pero arriba, en la soledad de la torre, hay un solo hombre dándole cuerda al tiempo.

“El tiempo pasa y ya no vuelve”

Cuando le preguntan cuándo termina, Luis responde con esa mezcla de limeño victoriano y aventurero que lo define. “En unos días ya finish con el reloj y campanario de la catedral de Huancayo, con cariño y gratitud”.

Y agrega una frase que suena a despedida y a advertencia al mismo tiempo. “Que el tiempo pasa y ya no vuelve”.

Mientras tanto, el sacristán se prepara. Cada ocho días será él quien suba a darle cuerda al corazón que Luis le devolvió. Y las campanas, que guardaron silencio por 23 años, volverán a tocar cada hora. No como alarma de celular. Como latido de una ciudad que decidió no dejar morir su tiempo.