Un nuevo orden mundial

El Foro de Davos expuso el fin del orden internacional que conocíamos: sin árbitros creíbles, con la economía convertida en arma y nuevas “mesas de poder” diseñadas por y para los más fuertes, la estabilidad global deja de ser un bien común y se vuelve un privilegio excluyente.
Foro de Davos 2026
Erick Gamarra
Erick Gamarra
Periodista
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Fueron días de discursos y agendas cargadas en el Foro Económico Mundial de Davos (FEM), realizado en Suiza, pero este año hubo un protagonista que acaparó todo: Donald Trump. Su presencia desbordó la escena, no solo por su estilo beligerante y su postura mesiánica, sino porque usó el foro a modo de vitrina para poner a varios en guardia, rodeado de aliados dóciles y con la presentación de la Junta de Paz —una especie de ONU alternativa, selectiva y financiada por quienes puedan pagar el acceso y seguir el manual trumpista—. En esa misma atmosfera, la frase del primer ministro canadiense Mark Carney empezó a verse como una radiografía del tiempo que empieza: “El viejo orden mundial no va a volver”.

La Junta de Paz no se presentó en Davos a manera de proyecto humanitario ni de un plan de reconstrucción de Gaza, según se decía al inicio. Sonó a querer reescribir el tablero con una mesa nueva, con dueño y entrada tarifada, pudiendo hacer prácticamente lo que quieran, en palabras de Trump. Y eso ya cambia todo. No es que la ONU sea eficaz, no lo es; el problema es que reemplazar una institución gastada por otra más cerrada y arbitraria no suena a mejora. Por eso diversos socios de Estados Unidos prefirieron no sumarse.

 

“No es que la ONU sea eficaz, no lo es; el problema es que reemplazar una institución gastada por otra más cerrada y arbitraria no suena a mejora. El riesgo es que estas ‘mesas nuevas’ no frenen a las superpotencias, sino que les hagan el camino fácil”

 

Las alertas y contradicciones continúan. En esa Junta aparece Israel, en medio de un genocidio que deja miles de muertos, también niños y niñas, en Palestina. Y el mismo líder que se vende de “garante de paz” habló en Davos de “negociación inmediata” por Groenlandia, intimidando. Entonces la pregunta cae sola, ¿cómo puede prometer equilibrio global una instancia donde entran actores cuestionados y en el que el más fuerte pone las reglas? El riesgo es doble, que estas “mesas nuevas” no frenen a las superpotencias, por el contrario les hagan el camino fácil. EE. UU. con Groenlandia, Rusia —que aún no descarta acercarse a la Junta— con Ucrania, mientras China sigue viendo Taiwán.

Y por eso lo que dijo Carney en el FEM, previo a lo expuesto por Trump, fue tan replicado. Si los países medianos no se unen y cooperan, terminarán siendo el plato principal de los pesos pesados. El ministro lo dejó claro, la economía siempre sirvió para presionar, pero ahora se utiliza sin freno y sin disimulo, tipo una arma política directa. Son “aranceles como herramienta de presión, la infraestructura financiera como medio de coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben explotarse”. Y esa lógica ya se está replicando. En Sudamérica, Colombia y Ecuador entraron en una pelea arancelaria por un tema que no era comercio, sino seguridad fronteriza y narcotráfico. La diplomacia deja de mandar.

 

“El viejo orden mundial no está siendo reemplazado por uno mejor, sino por un escenario sin árbitros, donde la fuerza impone las reglas y la estabilidad deja de ser un derecho colectivo para convertirse en una ventaja de pocos”

 

El mundo tras la Segunda Guerra Mundial, ese en el que Estados Unidos se presentaba a manera de guía de democracia y Europa acompañaba el libreto, se acabó. No permite ver un cambio coherente, parece una eliminación de las pautas. Las instituciones internacionales ya no frenan, apenas comentan. El derecho internacional se usa a modo de carta a conveniencia y la fuerza reemplaza al consenso sin pedir permiso. Y cuando ese es el clima que se normaliza, la estabilidad ya no es una promesa para todos y pasa a ser una ventaja de pocos. Lo que antes se ofrecía con tratos, hoy llega en forma de chantaje, y ya nadie está libre. Y en ese orden, lo humano, si es que importaba algo, hoy estorba y se vuelve prescindible, salvo que lleve la credencial del bloque que aplasta.