POR: Silvana Rojas Bejarano[1]
Bíkut T. Sanchium Y.[2]
Aun en la era moderna, el Perú es una nación inconclusa. Esto nos permite hablar de una patria infante. ¿Qué hay detrás de esta nación fragmentada, sin identidad nacional, con crisis políticas normalizadas? Según Flores Galindo (1997), es una república sin ciudadanos, dividida en dos: de indios y de los españoles; actualmente, a estos últimos se les puede alinear como parte de la élite. En otros términos, no hay cohesión entre la élite y los amazónicos-andinos o la relación centro-periferia es asimétrica. Para Falla (2025), este problema se debe a la falta de sincronía multitemporal, pues en el país no solo coexisten diversas culturas, sino diversos tiempos históricos que operan simultáneamente, incluso en direcciones opuestas.
¿La clase dirigente o quienes toman decisiones en el proceso de construcción de nuestro país comprenden esta realidad? Diversos historiadores como Basadre nos ilustran que, desde que comenzó la república peruana, el país ha estado en manos de los “vencedores” de la independencia, herederos de los españoles, los aristócratas o la élite criolla. Son quienes a lo largo del tiempo se han apropiado del país. En esta administración del Estado, los pueblos de la periferia o los marginados no han sido considerados. Esto explica la correlación jerárquica, excluyente, racista, entre otras.
“En pleno siglo XXI, mientras el mundo avanza, nuestra clase dirigente persiste en un pensamiento primitivo: colonial y excluyente”
Cotler (2005) sostiene que el país es resultado de la herencia colonial, donde un grupo selecto de familias de élite, terratenientes, gamonales o empresarios tomaron el control para su beneficio propio. Esto es, nunca hubo visión del país en ellos. En efecto, el interés de una nación integral no fue prioridad ni un proyecto concreto. En esa línea, Burga y Galindo (1979) sostienen que la oligarquía, que tuvo el poder del país, no tenía clase dirigente. Se mantuvo dependiente del capital extranjero, tampoco pudo articular a otras clases en torno a sus objetivos y carecía de un sustrato cultural común con las clases populares.
Ahora, no estamos en la época colonial, ni en la república aristocrática, tampoco en la era de la burguesía. Al menos, eso se cree a nivel ideal. O, en todo caso, se espera tener una clase dirigente sólida, con visión de nación, conocedora de la estructura sociocultural, política y económica del país. No obstante, en pleno siglo XXI, mientras el resto del mundo se adapta a los nuevos cambios tecnológicos, desarrolla sistemas de vida económica acorde a su realidad, nuestra clase dirigente, si es que existiera, sigue con el pensamiento primitivo: colonial.
“Es imposible construir una nación integral cuando la visión del país se reduce a la de una élite política-empresarial desconectada de la diversidad amazónica-andina”
Pero la colonialidad no solo radica en las estructuras de poder, sino también en la entrega ciega de amplios sectores de la sociedad que esperan ser salvados antes que asumirse como sujetos plenos, incluso ante la ley. Esto reproduce relaciones de dependencia y subordinación, donde las subjetividades son moldeadas desde la inferiorización (Quijano, 2000). En ese marco, no solo existen múltiples naciones conviviendo dentro del mismo territorio, sino que la pretensión de una república unitaria bajo un solo modelo de Estado-Nación resulta profundamente incompatible con esa diversidad. A pesar de eso, como sociedad, aún no estamos dispuestos a admitir el conflicto que implicaría romper estas estructuras ni a aceptar responsabilidad colectiva de construir un proyecto propio e inclusivo. Ahí el otro problema.
Entonces, ¿cómo se espera gobernar un país tan complejo como el Perú cuando cualquier líder político descubre la carencia de servicios básicos de la población diversa solo en elecciones? ¿Qué país podemos tener si la clase política se siente el patrón de los andino-amazónicos? Es imposible construir una nación integral cuando la visión del país que necesitamos se reduce a la de una élite político-empresarial de una caverna, como diría Platón. Con esta clase política, de épocas electorales, nuestra nación está destinada a seguir siendo un territorio de residuos sólidos de países de potencia. Así que es insuficiente tener pueblos amazónicos-andinos ilustrados cuando éstos no son parte elemental en la toma de decisión en la construcción del país.
“El Perú sigue siendo una nación fragmentada, donde múltiples tiempos y realidades coexisten sin que la clase política logre comprender ni integrar esa complejidad”
Referencias:
Burga, M. y Galindo, A. F. (1979). Apogeo y crisis de la República Aristocrática. Rikchay Perú.
Cotler, J. (2005). Clases, Estado y Nación en el Perú. IEP.
Falla, R. (2025). Perú: ¿Podemos seguir juntos? El Salmón. https://goo.su/rK4ML
Galindo, A. F. (1997). Ciudadanos sin república. Fronteras de la historia, 1(1), 13-33. https://doi.org/10.22380/20274688.731
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Ed.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201–246). CLACSO. https://goo.su/sDhUO
[1] Estudiante de Derecho UARM.
[2] Investigador de la Fundación Francisco Durand. Economista y Gestor Ambiental UARM.

