Mientras el país discute represas, trasvases y megaproyectos millonarios, en los Andes centrales existe desde hace 25 años una respuesta concreta a la escasez de agua. En la comunidad campesina de Masajcancha, provincia de Jauja, el ingeniero agrónomo César Dávila Véliz impulsa un modelo de siembra y cosecha de agua que asegura disponibilidad hídrica todo el año, mejora la producción agraria y demuestra que la crisis hídrica puede enfrentarse con bajo costo, gestión social y tecnologías ancestrales.
El modelo funciona desde el año 2000 en el fundo agroecológico La Cosecha del Futuro, donde la captación e infiltración del agua de lluvia permite recargar acuíferos, sostener pastizales, asegurar hasta dos campañas agrícolas anuales y reducir la vulnerabilidad frente al cambio climático.
Agua desde las alturas
La experiencia se basa en la construcción de qochas, atajitos, microrreservorios, zanjas de infiltración y terrazas de formación lenta, además de la reforestación con especies nativas sembradoras de agua como el qolle, aliso, quisuar, chachacomo y quinual. Estas especies capturan humedad atmosférica, protegen los suelos y alimentan manantiales que benefician a las zonas bajas.
Lejos de esperar intervención estatal, Dávila apostó por recuperar saberes ancestrales y combinarlos con criterios técnicos modernos. Hoy, seis qochas mejoran los pastizales y sostienen la producción agrícola incluso en los meses de sequía.
El acceso permanente al agua permitió diversificar cultivos como papa, quinua, tarwi, oca, olluco y mashua, además de hortalizas y forrajes. Las familias incrementaron sus ingresos, redujeron su dependencia de lluvias estacionales y fortalecieron su seguridad alimentaria.
El fundo también genera valor agregado tradicional, con productos como tocosh, chuño y papa seca, y promueve un turismo rural sostenible durante todo el año. A la par, funciona como centro de aprendizaje, donde estudiantes, productores y líderes agrarios de distintas regiones del país realizan pasantías y capacitaciones prácticas.
Un modelo que llegó al Estado
La experiencia de Masajcancha trascendió el ámbito local. Su enfoque influyó en la Ley N.° 30160 y en el Programa Nacional Sierra Azul, que incorporaron la siembra y cosecha de agua como herramienta de política pública para enfrentar la escasez hídrica en zonas altoandinas.
Pese a ello, la réplica masiva del modelo avanza con lentitud. Dávila sostiene que los trabajos no requieren grandes inversiones y pueden ejecutarse con recursos locales y organización comunal. “La gestión social multiplica los resultados”, afirma.
Tras 25 años de implementación, el proyecto muestra resultados tangibles: más agua disponible, restauración del ecosistema, regulación de temperaturas extremas, mejora del paisaje, incremento de ingresos rurales y mayor estabilidad social. En un país considerado altamente vulnerable al cambio climático, la experiencia de Masajcancha plantea una pregunta incómoda:
¿por qué el Estado sigue apostando por megaproyectos cuando un modelo probado, barato y replicable ya funciona en los Andes?
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