La captura de Nicolás Maduro marcó la interrupción abrupta de un tirano que concentró una dictadura sostenida mediante la represión y el deterioro profundo de las condiciones de vida del pueblo venezolano. Que su derrocamiento tuvo que darse era una necesidad largamente postergada. Sin embargo, las acciones dirigidas por Donald Trump asientan una dinámica en la que la intervención de una potencia sobre otro país ya está normalizada, debilitando más el derecho internacional, aunque esta vez cerca de nuestro territorio. Eso nos recuerda con mayor crudeza cuán frágiles son los Estados latinoamericanos ante un poder capaz de operar cuando lo quiera o se le antoje.
Lo de Trump genera temor, pero tampoco debería sorprendernos. Hace mucho que mostró cómo impone “liderazgo”. Tras la caída de Maduro, volvió a hablar sin rodeos al anunciar que EE. UU. tomaría el control de Venezuela “hasta que haya una transición fiable”. Celebró la futura entrega de millones de barriles de petróleo y dejó claro que Washington determinará los parámetros. Habló siempre desde la imposición y la tutela, como quien se atribuye la potestad de decidir por los demás. Ese tono se repite al referirse a Groenlandia, México o Colombia, dibujando un panorama marcado por el autoritarismo y la ausencia de límites en el plano global.
“Las acciones dirigidas por Donald Trump asientan una dinámica en la que la intervención de una potencia sobre otro país ya está normalizada, debilitando aún más el derecho internacional y recordándonos cuán frágiles son los Estados latinoamericanos ante un poder capaz de operar cuando lo quiera o se le antoje”
En ese escenario, se presenta una América Latina desunida y polarizada, incapaz de construir una posición compartida. De un lado, gobiernos que optan por un alineamiento trumpista automático: la Argentina de Javier Milei o lo que será el Chile de José Antonio Kast. Al frente, en la línea izquierdista, países que buscan sostener márgenes de autonomía: México de Claudia Sheinbaum o el Brasil de Lula da Silva. Más allá de las diferencias ideológicas, el resultado es el mismo, con contestaciones aisladas, sin coordinación y que dejan a la región sin margen de actuar en bloque.
Con esa fragmentación, lo ocurrido en Venezuela podría intentarse nuevamente en cualquier territorio, con otra excusa y/o relato. Las advertencias apuntadas a México, Colombia o Cuba confirman que los conflictos son usados a modo de pretexto para inmiscuirse. El mensaje se refuerza desde la Casa Blanca al señalar que el hemisferio occidental no debe transformarse en espacio de influencia de actores rivales. Así consolida una mirada de Latinoamérica en zona de vigilancia y disputa, en la que naciones como el Perú —hoy atravesado por una fuerte presencia china— también entran en ese tablero.
“Bajo viejos principios que vuelven a activarse —la Doctrina Monroe y la idea de ‘América para los americanos’—, Estados Unidos reafirma su dominio sobre la región, que no aparece como un conjunto de países con capacidad real de decisión, sino, una vez más en la historia, como un pueblo al sur de Estados Unidos”
En esa lógica queda en evidencia una forma concreta de ejercer poder. Bajo viejos principios que vuelven a activarse —la Doctrina Monroe y la idea de “América para los americanos”—, Estados Unidos reafirma su interés por mantener dominio, impacto y acceso a los recursos estratégicos del continente, aprovechando la falta de una respuesta común. No es una amenaza abstracta ni una teoría lejana, sino de una práctica que se percibe cercana. En ese marco, la región no aparece convertida en un conjunto de países con capacidad real de decisión, por el contrario, como lo que ha sido tantas veces en la historia: un pueblo al sur de Estados Unidos.

