Derrocar a un dictador es esperanzador, pero no cuando la tiranía y el colonialismo, disfrazados de Capitán América, intervienen de manera irregular en un país soberano como lo es Venezuela. Comprender y abrazar a nuestros hermanos de Venezuela que se alegran y sienten emoción al ver la caida de Nicolás Maduro es totalmente comprensible, y sobre ello no tenemos ningún derecho a la crítica o al cuestionamiento. El detalle está en que la salida del dictador se sustenta en el accionar de otro dictador, de uno más peligroso, que cree que el mundo entero le pertenece, y frente a lo cual no podemos dejar de alzar la voz para expresar nuestra profunda preocupación.
Quienes hasta hace poco cuestionaban la participación de tribunales internacionales (como la CIDH), son espacios jurídicos válidos por la suscripción de tratados internacionales por parte de los Estados, alegando que se vulneraba la soberanía, son quienes hoy celebran la invasión violenta de EE. UU. sobre Venezuela.
Ese mismo grupo político y ciudadano sembró xenofobia, calló frente a la explotación laboral de la población migrante venezolana, guardó silencio cómplice frente a la explotación sexual de miles de niñas, adolescentes y mujeres venezolanas, víctimas de la hipersexualización de sus cuerpos, justificó la discriminación y hoy, hipócritamente, se alegra por una falsa libertad con tintes de amenaza colonialista.
“Cuestionar la intervención no es validar a Maduro. Hoy es Venezuela, mañana puede ser Colombia, después nuestro Perú, y así sucesivamente, mientras se pretende perpetuar un saqueo que por siglos ha vulnerado al pueblo latinoamericano”
El derecho internacional nace como una herramienta de control del poder de quienes, por voluntad propia, pueden desvirtuarlo; es un mecanismo de prudencia para la convivencia entre los Estados. Hoy vemos que, sin reparo alguno, el presidente de los EE. UU., Donald Trump, sin derecho alguno, y con la fuerza militar de un ejército históricamente conocido por su poderío, hace uso de la fuerza para invadir América Latina bajo la falsa justificación de la restauración de la democracia. Su discurso ha sido claro: no le importa en absoluto el bienestar del pueblo venezolano, no le interesan las violaciones de derechos humanos ni la estabilidad democrática; solo le importa cómo apropiarse del petróleo, que fue el eje central de su primer mensaje. La memoria colectiva nos permite expresar una preocupación sumamente válida sobre qué sucede cuando EE. UU. invade países, y conocemos el sufrimiento de la población local cuando existe presencia militar, donde las mujeres son las principales afectadas.
Hoy no se trata de no opinar; se trata de seguir haciéndolo, porque quienes levantamos la voz frente a la injusta intromisión de EE. UU. lo hacemos siempre ante toda injusticia. Incluso lo hicimos para cuestionar a nuestros compatriotas que germinaron discriminación sin entender la complejidad del fenómeno migratorio venezolano.
Cuestionar la intervención no es validar a Maduro. Hoy es Venezuela, mañana puede ser Colombia, después nuestro Perú, y así sucesivamente, mientras se pretende perpetuar el saqueo que por siglos ha vulnerado al pueblo latinoamericano, que ya carga una historia de profundo dolor y cuya independencia ha sido una ardua conquista. Estamos convencidos de que Donald Trump no representa el sentir de todo el pueblo estadounidense; existe un sentir colectivo que no apuesta por la invasión, que respeta la humanidad y no quiere repetir esa historia de dolor y sufrimiento que solo traen los conflictos bélicos.
“Derrocar a un dictador es esperanzador, pero no cuando la salida se sostiene en la fuerza de otro dictador, más peligroso, que cree que el mundo entero le pertenece y actúa bajo una lógica colonial”
Hoy América Latina está siendo amenazada por una lógica colonial que interviene territorios con recursos estratégicos, mediante el poder militar y bajo una presunta justificación moral. No importa si quien lee esto se define como de derecha o de izquierda; importa que levantemos la alarma colectiva ante el hecho de ser testigos de cómo, en pleno 2026, se pretende retroceder en las pautas de convivencia internacional y se naturaliza la instauración de regímenes de dominación de tiranos que creen que este pueblo digno y pujante les pertenece.
Hoy levantamos la voz para cautelar la libre determinación de nuestros pueblos, abrazamos América Latina con amor y compromiso, y trabajamos arduamente para dejar de ser vistos despectivamente como tercermundistas y ser reconocidos como ese pueblo pujante y valiente que lucha día a día para que el desarrollo no nos sea esquivo y cada persona tenga la vida digna que merece.
Que hablar de la paz mundial no sea motivo para ser terruqueada ni tildada de defensora de regímenes antidemocráticos. El compromiso con la democracia y la vida digna es ahora y siempre.

