“Este amor que uno siente por Alianza Lima es realmente indescriptible, con tanta historia, con tantos hechos increíbles”, solía decir Daniel Armando Leveau Guzmán. Periodista íntegro e incansable, contador de profesión, exdirigente deportivo y, sobre todo, el más grande historiador que tuvo el cuadro íntimo. Hace una semana falleció, a los 77 años, dejando un vacío inmenso en las páginas del deporte peruano y una lección imborrable a quienes lo seguimos. Su travesía fue marcada por la perseverancia y la fidelidad a los sucesos, sin espacio para la envidia, maquillajes o mentiras. Y es que desde infante mostró un cuidado notable en los detalles, atento a cada acontecer. Aquella infancia lo llevó a mirar el fútbol con ojos distintos, guardando con rigor datos que con el tiempo se volvieron patrimonio de la memoria blanquiazul.
A don Armando lo conocí una tarde de inicios del 2016. Habían pasado días tras el aniversario victoriano y sentía la ilusión de encontrarme con la persona que había dedicado su vida a custodiar las huellas de la institución. Llegué puntual a su oficina en el centro de Lima, poco habitual en mí por esas épocas. Su mirada seria podía imponer al principio, pero detrás de esa apariencia estaba la amabilidad y la paciencia de un maestro. En cuanto arrancó nuestro conversatorio, me habló del conjunto ‘grone’ con una claridad que desarmaba. Fueron varias reuniones en las que no solo ahondé en su trayectoria, sino de igual modo en su gusto en recomendar lecturas fundamentales, como Una vez y nunca más (Guillermo Thorndike ) y Lima obrera (Steve Stein), libros que, según insistía, son imprescindibles a cualquiera que quisiera acercarse al núcleo aliancista. “Uno no puede amar algo que no conoce”, me dijo. Y tiene toda la razón.
“Uno no puede amar algo que no conoce”, me dijo. Y tiene toda la razón
Quien busque entender a Leveau hay que remontarse a su edad temprana. Nació en Pucallpa un 29 de febrero de 1948, aunque su niñez transcurrió en Iquitos, entre la plaza y el mercado donde la radio marcaba el pulso de los domingos. En esos tiempos, Radio Nacional transmitía los compromisos de las 3:30 p.m., y los muchachos se dividían en el AL o la ‘U’. A él lo sedujo el magnetismo de ‘Los negros de La Victoria’. Su pasión fue el punto de partida de su espíritu investigador. De pequeño comenzó a coleccionar periódicos de Última Hora, La Tercera o La Crónica, custodiando más recortes que ropa en el baúl. Esa actitud, el estudio y el hábito por leer se transformaron en vocación, y encontró en Alejandro Villanueva a su primer gran ídolo, hasta convertirse en un “Villanuevino” convencido. En esos gestos tempranos ya se intuía la disciplina, la entrega y los valores que lo catapultarían.
Sin Villanueva —me exclamaba— Alianza no existiría. Para él, ‘Manguera’ fue el hombre que le dio la esencia al club. A su costado colocaba a Teófilo Cubillas, “porque es el más grande del fútbol peruano”. Dentro de los que alcanzó a observar en la cancha, no dudaba: “Víctor ‘Pitín’ Zegarra. Verlo jugar era un espectáculo”. No me aceptó armar un once ideal; con tantas leyendas, indicaba, resulta imposible. Y si de partidos inolvidables se trata, evocaba varios: “Los de los sesenta y setenta, ver en acción a esos futbolistas era un espectáculo”. También mencionaba el 6-3 en Matute con actuación del ‘Churre’ y la noche de Libertadores ante Estudiantes, “donde por primera vez escuché a los argentinos alabar tanto a un jugador nuestro, en este caso al ‘Zorrito’ Aguirre”. Hablaba de balompié, de identidad, de legado y de grandeza, con la sabiduría que lo distinguía.
“Que los hinchas no dejemos de ir al estadio, no dejemos de apoyar. El calor de la gente, el aplauso, son cosas que importan. Además, para salir de cualquier crisis y avanzar es necesaria la presencia del hincha”
A pesar de su hinchaje, Armando nunca alimentó la enemistad con el clásico rival. “Respeto a Universitario”, me decía muy resuelto. Con Alianza Lima Máster llegó a participar durante años en el estadio Lolo Fernández gracias a la amistad que mantenía con excremas, prueba de que en el grupo de ídolos de ambos equipos hubo camaradería. De otro lado, si de anhelos se trataba, los suyos fueron claros: que Alianza tenga una biblioteca y un museo a la altura de su gloria, y que no cese nunca la lucha por la rectificación sobre el título de 1934. “Yo soy campeón del 34”, manifestó con la firmeza de quien estudió el tema a fondo y nunca dejó de reclamar un hecho basado en la justicia.
Estas líneas narran apenas una fracción de la gran figura que fue A. Leveau, un señor honorable que se dedicó a preservar, impulsar y defender a Alianza Lima, partiendo de la verdad, sin necesidad —de mi parte— de sobrevalorar a quien sus propias acciones describen. La última vez que lo vi fue en una entrevista, cuando tuve la oportunidad de regalarle un cuadro conmemorativo, en fechas en que el club atravesaba problemas deportivos. Entonces confió un mensaje al pueblo aliancista: “Que los hinchas no dejemos de ir al estadio, no dejemos de apoyar. El calor de la gente, el aplauso, son cosas que importan. Además, para salir de cualquier crisis y avanzar es necesaria la presencia del hincha”. Así fue él, en todo momento pendiente de su escuadra. Hoy nos guía desde el cielo junto a Villanueva, Baylón, los ‘Potrillos’ y toda la eternidad blanquiazul. Con mucho cariño, hasta siempre don Armando.

