Muñequita Mily y la violencia estética que pesa sobre las mujeres

"El estar en el mundo artístico y vivir en una sociedad machista ha sido para Milly una experiencia de no ser valorada por su talento y profesionalismo, sino por estándares de belleza para el consumo de los hombres".
La pluma insumisa
Amire Ortiz
Amire Ortiz
amire.ortiz.arica@gmail.com
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Flor Sheyza, más conocida como “muñequita Milly”, falleció a sus 23 años como consecuencia de una negligencia médica luego de someterse a una operación estética en Lima, bajo las manos del Dr. Víctor Barriga Fong, sobre quien ya había denuncias públicas de otras personas del medio artístico, difundidas en diversas redes sociales.

Ella era víctima de violencia con expresiones sobre su aspecto físico, que cuestionaron “su gordura”, con burlas y comentarios humillantes que suele darse hacia las mujeres que no encajan en los estereotipos físicos esperados. Más aún, al estar en el mundo artístico y vivir en una sociedad machista, ha sido para Milly una experiencia de no ser valorada por su talento y profesionalismo, sino por estándares de belleza para el consumo de los hombres.

La sociedad castiga a las mujeres incluso después de haber fallecido y este caso no ha sido la excepción, porque en muchos espacios virtuales se le cuestiona por no aceptarse físicamente tal y como era, le asignan la culpa de lo ocurrido por vanidosa, la sancionan moralmente por ser una persona banal, la critican por querer ser “plástica”.

 

Los estereotipos han sido construidos e impuestos con fines políticos, sociales, económicos y comerciales, en donde la mujer es vista como un objeto y es instrumentalizada en una sociedad que las despoja de su calidad de sujetas de derecho

 

Opiniones que apuntan a formas de violencia que replicarlas sería revictimizante para una mujer que merece ser recordada con respeto y valorada por todo aquello que aportó desde el arte, siendo una persona que además tuvo un compromiso firme con las luchas populares.  

Sobre este lamentable caso, es oportuno abordar la presión social que opera sobre las mujeres, desde que son niñas respecto a los estándares de belleza que deben cumplir. Primero, hay que identificar que el concepto de belleza también se ha sustentado desde una mirada occidental, clasista y racista, creando estereotipos desde lo hegemónico que “nos enseña” cómo debemos ser, qué debemos alcanzar y como deberían ser nuestros cuerpos. Este ideal restringe de muchas formas a las mujeres y se transforman en mandatos sociales, regulan los comportamientos y demás formas de expresiones que condicionan a las propias mujeres y sobre lo cual es necesaria una reflexión.

Históricamente esta presión social ha operado más sobre las mujeres y por eso es necesario el enfoque de género para su abordaje, pues en nuestra sociedad existen miradas y exigencias hacia los cuerpos de las mujeres que o bien te centran en un modelo maternal o en el modelo cosificante de mujer-objeto que supone la delgadez, pero a su vez la voluptuosidad en partes del cuerpo sexualizables, se apunta al blanqueamiento de pieles, los rasgos más “delicados”, entre otros, que van de la mano con actitudes sumisas y complacientes.

 

Se promueven los ajustes estéticos y corporales, haciendo de “la belleza” una prioridad en la vida de las mujeres, que incluso se puede priorizar la inversión económica para su alcance, sobre la satisfacción de otras necesidades básicas

 

Reflexionar sobre esto es un paso importante para el fortalecimiento de la soberanía de nuestros cuerpos y a su vez para garantizar vidas más libres, libres de violencia y discriminación. Cabe señalar, que la mirada debe darse siempre en torno al contexto, en el caso de la muñequita Milly, comprender al estar en la escena pública, estos mandatos son más estrictos.

La violencia de género se expresa de muchos modos y esta situación refleja la denominada violencia estética. Sobre esto la socióloga Esther Pineda ha hecho un importante desarrollo en su libro “Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer”.

El patriarcado oprime de diversas formas y – como siempre – el modelo político, social y económico guarda mucha relación (aunque pensemos que no). Los estereotipos han sido construidos e impuestos con fines políticos, sociales, económicos y comerciales, en donde la mujer es vista como un objeto y es instrumentalizada en una sociedad capitalista que las despoja de su calidad de ser sujetas de derecho.

Se promueven las modificaciones y los ajustes estéticos y corporales, haciendo de “la belleza” una prioridad en la vida de las mujeres, en donde pueden priorizar incluso la inversión económica que es necesaria para su alcance, sobre la satisfacción de otras necesidades básicas. No alcanzar a esto impacta en las autoestimas, genera insatisfacción, incomodidad, trastornos alimenticios y por ende crea la necesidad de consumo de productos y servicios estéticos.

 

“Es necesario promover la aceptación de todos los cuerpos, de nuestros rasgos diversos y de nuestras formas propias de expresar belleza que rompan esos mandatos racistas y clasistas que nos enseñan a valorar solo un tipo de belleza”

 

Bajo la narrativa capitalista las mujeres con “belleza” tienen un mejor reconocimiento y posicionamiento en la sociedad, serán mejor tratadas y las puertas les serán abiertas en más de una ocasión. Probablemente la muñequita Milly sintió esa presión social, pues es una realidad tangible la discriminación, exclusión y violencia que exista sobre las mujeres cuando no cumplen dichos estándares, sin importar si de niñas se tratase.

Existen tratos crueles que lamentablemente se han naturalizado. Y ahí vemos el mandato de consumo de productos cosméticos, las dietas restrictivas e incluso a someterse a procedimientos quirúrgicos para alcanzar los tan ansiados estándares.

Muchas mujeres han tenido secuelas luego de una mala intervención: se han inyectado productos químicos que no son para el uso humano, se han sometido a procedimientos en manos de personas no profesionales aptas para el tema, han perdido la propia vida y un largo etcétera. ¿Esto es responsabilidad individual de dichas mujeres o es más bien una alerta que nos debería promover a seguir enfrentando las formas en como el patriarcado afecta la vida de las mujeres en colectividad?

Vivimos en una sociedad que es reconocida por su diversidad cultural respecto a otros aspectos, pero no cuando de la diversidad corporal se trata. Es necesario promover la aceptación de todos los cuerpos, de nuestros rasgos diversos y de nuestras formas propias de expresar belleza que rompan esos mandatos racistas y clasistas que nos enseñan a valorar solo un tipo de belleza, esa que excluye los cuerpos gordos, los rasgos andinos, amazónicos o afros, esa que no desea que las mujeres envejezcan, que nos dice cómo vestirnos, entre otros.

La violencia estética, no es poca cosa, es un mecanismo de control que todas las mujeres hemos atravesado en algún momento de nuestras vidas, que lamentablemente mantiene a las mujeres “en cosas de mujeres” distraídas, ocupadas y alejadas de los espacios de poder y de toma de decisiones. Por ello, necesitamos reflexionar y no naturalizar que “la belleza” sea preocupación neurálgica para muchas mujeres, mientras sus derechos siguen siendo vulnerados. Es necesario seguir interpelando esta realidad, que daña la calidad de vida o incluso la vida misma.