Hace unas semanas, en Gaza, en lo poco que queda de Palestina, se presenció uno de los funerales más multitudinarios de los últimos tiempos, a nivel mundial. 112 personas, integrantes de dos familias, fueron enterradas. Sus cadáveres estaban atrapados bajo los escombros durante casi tres años tras los bombardeos del ejército israelí, y recién pudieron ser recuperados. Incluso después de la muerte, en el infierno en el que se convirtió esa parte del planeta, fue difícil darles un descanso digno. Generaciones borradas. Es como si mataran a todos tus tíos, primos, sobrinos, hijos, nietos, abuelos, padres y hermanos, y no sobreviviera nadie para continuar tu linaje. Y así, muchos grupos familiares son eliminados en Gaza y Cisjordania. Los responsables de esta destrucción son el Estado de Israel y su política sionista, que cada vez encuentra espacio y fuerza en Latinoamérica.
Antes de seguir, es necesario precisar qué es el sionismo. En términos generales, es un movimiento político y nacionalista que sostiene que el pueblo judío tiene derecho a un Estado propio y que debe establecerse en Palestina. Con la creación de Israel en 1948, el sionismo se concentró en robustecer al nuevo país. Posee distintas corrientes, algunas más radicales y otras consideradas moderadas, tipo la liberal; aunque comparten esa idea central, por lo que esa supuesta mesura no neutraliza a sus vertientes dominantes. Ese principio, llevado a la práctica, sirvió y sirve para justificar conductas de ocupación, expansionismo, colonialismo y asesinatos de población palestina —incluidos menores de edad— en el marco de un genocidio, tal y como denuncian organismos de DD.HH. Y es esa doctrina —con sus dirigentes y partidarios— la que hoy gana terreno en América Latina de la mano de la derecha y ultraderecha.
“Generaciones borradas. Es como si mataran a todos tus tíos, primos, sobrinos, hijos, nietos, abuelos, padres y hermanos, y no sobreviviera nadie para continuar tu linaje”
No cabe en la cabeza que Latinoamérica abrace una postura que tolera abusos parecidos a los que sus pueblos padecieron. Así, quien fue masacrado termina convalidando al masacrador de otros. Con la venia y aval de Estados Unidos, Argentina es el principal “amigo” de Israel en la zona. Javier Milei ha dicho, de manera orgullosa, que es “el presidente más sionista del mundo”. ¿Quién puede sentir satisfacción con un modelo que, en la búsqueda de sus objetivos, ha matado a miles de niños? Esa alianza ha estrechado los vínculos políticos, comerciales y estratégicos. Además, Argentina anunció el traslado de su embajada a Jerusalén, un gesto que favorece la posición israelí frente a las aspiraciones palestinas.
A esta tendencia mansa se suma Colombia. Bajo Abelardo de la Espriella —un presidente más afín al espectáculo que a la seriedad del cargo— el país pasó de enfrentarse políticamente a Israel a tenderle la mano. En apenas sus primeros días, y en medio de un terremoto, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán —territorio de Siria y cuya anexión a Israel no es aceptada por la ONU— dando así aprobación a una política de expansión basada en la ocupación de tierras ajenas. Y en ese contexto, —en tanto se rechazaba el ingreso de muchos rescatistas extranjeros por el sismo— Colombia le abre las puertas al Ejército israelí, que asesina seres humanos en un lado del mundo y llega a suelo colombiano proyectado de salvador, pese a las críticas que acusan un intento de lavar su imagen. ‘El Tigre’, como se hace llamar el mandatario, ya prometió convertir a Israel en su “aliado”.
“No cabe en la cabeza que Latinoamérica abrace una postura que tolera abusos parecidos a los que sus pueblos padecieron. Así, quien fue masacrado termina convalidando al masacrador de otros”
En Ecuador, Daniel Noboa reforzó los nexos con Israel y Panamá amplió sus acuerdos. Por su parte, Laura Fernández también promueve la reubicación de la embajada de Costa Rica a Jerusalén, mientras Paraguay mantiene la suya en esa ciudad y una estrecha relación con Netanyahu. A ellos se adhieren Chile, en el que José Antonio Kast retomó los contactos y la cooperación bilateral, y Perú que, con Keiko Fujimori, ya inició conversaciones para fortalecer el lazo. Con diferentes niveles de cercanía, el “patrón” con el “nuevo patrón” se repite: gobiernos de derecha que, pese a las graves denuncias, deciden acercarse a Israel y, al hacerlo, legitiman y respaldan —desde el poder— acciones denunciadas como crímenes.
Y no solo eso. Cuando las administraciones enmudecen ante ese accionar y abrazan el sionismo, terminan haciéndose cómplices de esos abusos; y absorbiendo e institucionalizando una forma de gobernar que atropella los derechos de pueblos enteros. Y eso tendría que preocupar a Latinoamérica, donde esas injusticias son frecuentes, mientras las derechas se vuelven más autoritarias. Ejemplos no faltan: Perú arrastra 50 muertes ocurridas en el contexto de protestas durante los gobiernos de Dina Boluarte y José Jerí, sin que —hasta hoy— haya justicia. Por eso, esta crítica no puede confundirse con antisemitismo, ya que no se debe atacar ni señalar a una persona por ser judía. La condena es al Estado de Israel, a sus políticas y a quienes las secundan. Frente a esto, queda en nosotros continuar informándonos sobre los estragos del sionismo, entender su impacto global y en nuestra región y seguir sumándonos a la causa palestina, que lucha día a día por no ser exterminada.

