La tierra no da tregua en Chupaca. La noche del martes 25 de agosto, una réplica volvió a sacudir la zona y, horas después, a las 2:40 de la madrugada, un sismo de magnitud 3.6 remeció Huancayo y Chupaca mientras muchas familias dormían. En las carpas donde decenas de ellas pasan sus noches desde el sismo del 18 de julio, cualquier movimiento trae de vuelta el recuerdo de aquella noche en que las casas de adobe empezaron a caer y cinco personas murieron.
Pese a las réplicas que siguen sacudiendo la zona, muchos pobladores de Pumpunya no quieren irse. Algunos tienen miedo, otros duermen fuera de sus casas destruidas o inhabitables. Ninguno quiere dejar la tierra donde nació.
Mamá Ade es una de ellas
Adela Rosa Añasco Ríos tiene 84 años y nació en Pumpunya. Es la mujer más longeva del barrio Alfahuata, uno de los nueve barrios de esta comunidad de Chongos Bajo. La noche del 18 de julio terminaba de cenar cuando escuchó un sonido fuerte y extraño. Segundos después, su casa de adobe empezó a temblar.
Sus vecinos lograron sacarla a tiempo.
La vivienda quedó destruida. También murieron sus cuyes, conejos y gallinas, animales que criaba con cariño y que eran parte de su rutina diaria.
Su hija Maura Arancibia Añasco intentó llevarla a Huancayo, para tenerla más segura y cuidarla mejor. Pero lejos de Pumpunya, Adela empezó a decaer. Extrañaba su casa, sus animales, su chacra y sobre todo su pueblo.
“Quiero volver a Pumpunya”, le dijo.
Hace unos días regresaron. Ya no a la casa donde vivió por décadas, sino a una carpa instalada en la chacra de una vecina.
Cuando escucha un ruido fuerte o siente una réplica, junta las manos, mira al cielo y repite con miedo:
“Dios mío, Jesús mío. Dios mío, Jesús mío”.
Reconoce que tiene miedo. Pero no quiere irse.
“No quiero salir de mi querida Pumpunya. Es la tierra de mis padres, de mis ancestros. Moriré aquí, en manos de Dios”, dice.
Una madre que no quiere alejarse de su pueblo
Maura cuenta que después del sismo trató de convencer a su madre de quedarse en Huancayo. Pensaba que ahí estaría más segura. Pero con los días entendió que para Mamá Ade dejar Pumpunya era también perder una parte de su vida.
“Tenemos miedo de que se enferme de tristeza lejos de su pueblo”, cuenta.
Adela tiene nueve hijos. La mayoría dejó Pumpunya al formar su propia familia. Ella vive con su hijo Guillermo Arancibia Añasco, que trabaja como conductor.
Guillermo recuerda esa noche con angustia. Era sábado. Había decidido trabajar de noche y dejó lista la cena antes de salir. Su madre se quedó en casa. Nunca imaginó que horas después esa vivienda quedaría en escombros.
Estaba en Huancayo cuando sintió el movimiento fuerte y escuchó que el epicentro estaba en Chongos Bajo y Pumpunya. Pensó de inmediato en su madre y volvió desesperado.
Al llegar encontró la casa destruida, pero los vecinos ya habían sacado a Adela con vida. Cuando madre e hijo se encontraron, se abrazaron.
Entonces Mamá Ade le pidió algo:
“Salva a mis perritos. Salva a mi Pirata y a mi Tita”.
Guillermo tomó una linterna y entró entre los restos de adobe. Debajo de la cama encontró a los dos animales.
Desde entonces, Pirata y Tita no se separan de ella. Se acomodan a sus pies o en su regazo, y parecen sentir el mismo miedo que su dueña cada vez que la tierra se mueve.

El miedo sigue en Pumpunya
A más de un mes del sismo, el miedo no ha desaparecido. Las réplicas siguen recordando a los pobladores que el desastre todavía no termina. La noche del 25 de agosto y la madrugada siguiente, con el sismo de 3.6, volvieron a alterar la calma de las familias que permanecen en carpas.
Pero abandonar el pueblo tampoco es sencillo. Aquí están sus chacras, sus animales, sus cosechas y las tierras que heredaron de sus padres y abuelos.
Justina Quispe Ríos lo sabe bien. Ese día se animó a preparar una mazamorra de calabaza para compartir con sus vecinos. Había cosechado unas 60 calabazas. Casi todas se perdieron.
“Mazamorra de calabacita comeremos para pasar el trago amargo de esa noche”, cuenta.
Todavía recuerda el momento exacto del sismo.
“Había llegado de la chacra y de pronto se escuchó el sonido. Se movieron las casas, comenzaron los gritos, todo quedó oscuro. Apenas pudimos salir al campo”.
El miedo sigue ahí. Tuvo que viajar a Huancayo para distraerse un poco.

Rosa Quispe Barreto también perdió su casa, sus cuyes, sus conejos y la cosecha de maíz.
“Mi cuerpo tiembla. Tengo mucho miedo cuando suena la tierra o algún ruido parece un temblor”, dice.
Pumpunya vive principalmente de la agricultura y la crianza de animales menores. Por eso, para muchas familias, perder la casa no fue lo único que perdieron. También perdieron sus animales y sus cosechas, es decir, su sustento.
Los adobes se deshacían como machca
Manuel Ríos Balbín, del barrio Santa Fe, ayudó a sus vecinos después del sismo. Al principio, algunas viviendas parecían tener solo rajaduras en el empastado. Pero cuando empezaron a retirar los acabados vieron que el daño era mucho mayor.
“Encontramos los adobes como bocas abiertas. Se deshacían, como pan de maíz, se hacían machca”, recuerda.
Esa noche del 18 de julio quedó grabada en la memoria de todos. El sismo, de magnitud 5.4, dejó cinco fallecidos, 32 heridos, 52 viviendas destruidas y otras 43 inhabitables, según el balance de Indeci. También se reportaron 398 damnificados y 74 viviendas afectadas.
Resultaron dañados centros educativos, establecimientos de salud y bienes patrimoniales, entre ellos la Cani Cruz y las iglesias de Chongos Bajo y Copón.
Aun así, los pobladores empezaron a reconstruir con sus propias manos.
“Fue una noche muy trágica. Estamos reconstruyendo nuestro pueblo”, dice Manuel.
Viven en carpas y esperan sus viviendas
Mamá Ade, Justina y Rosa viven ahora en carpas en el barrio Alfahuata. Ahí viven unas 22 familias, cerca de 70 personas. Hasta el momento solo se han instalado cinco viviendas temporales y faltan unas 18.
El viento también preocupa. Hace una semana, dos carpas volaron por las ráfagas y las familias tienen que asegurar las estructuras con sogas.
Ahora esperan las lluvias.
Los pobladores fueron al centro de acopio junto con un representante del Ministerio de Vivienda para pedir que se agilice la entrega e instalación de las casas.
“Si nos desesperamos, nos enfermamos. Ya suficiente tenemos con todo lo que vivimos esa noche y los días siguientes. No nos queda otra que confiar en que nos entreguen las casitas antes de las lluvias”, señalan.
Maura pide que las primeras viviendas sean para los adultos mayores, entre ellos su madre. Le preocupa que el frío y las lluvias afecten su salud. También pide que se limpie el camino que lleva a lo que quedó de su casa.
“No podemos dejar nuestras casas”
El temor tiene otra cara. Después del sismo hubo preocupación por la presencia de ladrones. Muchas familias no podían alejarse de sus viviendas destruidas porque tenían que cuidar lo poco que les quedaba: animales, pertenencias, herramientas de trabajo.
Con la presencia del Ejército y la Policía, dicen que los robos han bajado y que ahora se sienten más seguros.
En el barrio San José, en la avenida España de Chongos Bajo, Yodi Prieto Jamjachi también vive en una carpa. Su casa de adobe quedó con rajaduras. Mientras tuesta cancha, cuenta que su familia necesita ropa de abrigo, víveres y frazadas. Son unas 16 personas, de distintas edades.
“Ya nos olvidaron”, dice.
También pide más presencia policial y de serenazgo, porque según cuenta algunos delincuentes rondan la zona y las familias no pueden alejarse de sus cosas para buscar ayuda.

