Aún son días del Mundial, la mayor fiesta deportiva; días en los que el aire transmite el olor de las redes sacudidas por la pelota y de gritos que nunca explotaron porque el gol jamás llegó. Pero son, además, días en los que se desbordan viejos lastres no superados (el racismo, la xenofobia y otras formas de discriminación), como si todavía imperaran las arcaicas lógicas coloniales, oscurantistas y supremacistas. ¡Caray! ¿Acaso seguimos habitando ese tipo de comunidades o regresamos a ellas de la mano del conservadurismo y de la hostilidad a todo lo que se considera progre? Entre tantos casos, por ejemplo, la deslegitimación cargada de desprecio y/o ignorancia contra la selección francesa revela hasta qué punto se desconoce el arraigo de sus jugadores con la nación que representan. Comentarios tales como “Esos no son franceses, son africanos” o “camerunés colonizado” vuelven inevitable preguntarse: ¿Qué hace que alguien pertenezca realmente a un país?
El fútbol es el reflejo de la sociedad, desde que dejó de ser un entretenimiento reservado para unos pocos y se convirtió en el deporte popular. Hoy, en un Mundial disputado por selecciones de creciente diversidad, persiste el rechazo hacia quienes, pese a haber nacido y/o crecido en un determinado territorio, son tratados de ajenos por el color de su piel, sus apellidos, el origen de sus familias u otros. La inmigración, lejos de entenderse como parte de la construcción de muchas naciones, sigue siendo usada por algunos para cuestionar a quién tiene el derecho de vestir una camiseta. El contraste entre Zidane y Mbappé lo demuestra. ‘Zizou’, hijo de argelinos, y ’Kiki’, de ascendencia camerunesa y argelina, nacieron y crecieron en Francia. Sin embargo, ¿por qué la identidad francesa de Mbappé es desacreditada con mayor frecuencia que la de Zidane? ¿Será que la diferencia está en el color de su piel?
“Hoy, en un Mundial disputado por selecciones de creciente diversidad, persiste el rechazo hacia quienes, pese a haber nacido y/o crecido en un determinado territorio, son tratados de ajenos por el color de su piel, sus apellidos o el origen de sus familias”
Algo similar, aunque con otro matiz, ocurre en España. Marcos Senna, oriundo de Brasil, negro y de fe cristiana, defendió a la selección española y también sufrió racismo, pero su religión no se convirtió en un factor adicional de descalificación. Con Lamine Yamal, nacido en Barcelona, hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, el cuestionamiento se vuelve más intenso. A la procedencia de sus progenitores y al color de su piel se suma su fe musulmana, convertida en motivo de rechazo. ¿Cuántos de quienes proclaman una “¡España cristiana y no musulmana!” habrán tenido que tragarse sus prejuicios cada vez que el joven marcó un gol o resultó decisivo en el camino a la final? En el fondo, cabe plantearse si se pone en duda que sea español porque es negro, de raíces africanas y musulmán.
Y es que ni siquiera nacer en un país y poseer jurídicamente su nacionalidad garantiza que ciertos sectores intolerantes reconozcan ese arraigo. Más difícil aún es la situación de los que buscan nacionalizarse con el fin de incorporarse, construir una vida y aportar a esa colectividad. En cualquier caso, ningún rasgo personal o cultural justifica la discriminación. Entonces, repito, ¿qué hace que alguien sea de un país? Para el sociólogo argentino Nicolás Herrera de la Universidad Nacional de La Plata, las identificaciones nacionales son “históricas, situacionales y procesuales”, porque se construyen en relación con quienes son considerados diferentes. Desde esa perspectiva, la pertenencia a una nación no está ligada únicamente a rasgos heredados o criterios de ascendencia, sino por la participación de una persona en una comunidad cuya identidad se construye y se transforma históricamente.
“Ni siquiera nacer en un país y poseer jurídicamente su nacionalidad garantiza que ciertos sectores intolerantes reconozcan ese arraigo. Entonces, repito, ¿qué hace que alguien sea de un país?”
Al fin y al cabo, las naciones nunca han sido puras ni inmutables. ¿Acaso las naciones europeas no se formaron a partir de diversos pueblos que, con el tiempo, consolidaron tradiciones comunes? Sin ir muy lejos, ¿cuántos estadounidenses descienden de familias latinoamericanas? ¿Y los limeños provenientes de parentela provinciana? Incluso durante la época incaica, el Tahuantinsuyo se constituyó a partir de distintos pueblos, como los chankas o los wankas. Las naciones se transforman constantemente mediante la migración, el intercambio cultural y, en las últimas décadas, la globalización.
Finalmente, todos somos migrantes en algún momento, si no eres tú, quizá lo sea tu hermana, tu madre, tu hijo, tu nieto o un familiar al que no llegarás a conocer. Integrarse tampoco significa renunciar a las propias raíces; es sumarlas con orgullo a una nueva realidad, enriqueciéndola con otras costumbres, experiencias y miradas, siempre desde el respeto mutuo. En esa línea, este Mundial expuso y amplificó esas formas de discriminación mencionadas. Parafraseando a Manu Chao, “Me dicen el clandestino por no llevar su piel, su origen o la fe”. Mientras sigamos decidiendo quién merece pertenecer según esos criterios, el problema no estará en las selecciones que vemos en la cancha, sino en el mundo que estamos construyendo —o destruyendo— al convertir en enemigo a quien es diferente, precisamente cuando la diferencia nos define a todos.

