No queda ya duda de que los votos de los peruanos que se fueron al extranjero a vivir y a trabajar allá decidieron la victoria de Keiko Fujimori.
Lo malo está en las formas como el fujimorismo festinó todo para asegurarse esos votos. En ese cometido participó abiertamente la embajada de los Estados Unidos (país donde vive la gran mayoría de los peruanos).
Según la ONPE, Keiko consiguió en el extranjero 77,924 votos más que Sánchez. Y al 99.688% del escrutinio general, la ventaja de Keiko sobre Sánchez es de 40,700 votos. Estos números muestran, irrebatiblemente, que los votos del exterior le dieron la victoria a Fuerza Popular.
Pero, ¿cuáles fueron las malas artes del fujimorismo para conseguir dicha cantidad de votos?
Primero, cuando se inicia el proceso electoral peruano, Donald Trump designa como embajador de Estados Unidos en el Perú a Bernie Navarro, quien antes que diplomático es un empresario.
Todos recordamos cómo este señor se entrometió en el tema de la compra de aviones, paseándose como en su casa por el MEF, el Congreso y por el Ministerio de Relaciones Exteriores.
Segundo, el día de las elecciones Bernie y su gente se entrometieron como observadores. Dónde se ha visto que un embajador haga de observador en un proceso electoral de cualquier país.
Tercero, faltando una semana para las elecciones, de manera sorpresiva e ilegal, este Congreso dirigido por el fujimorista Rospigliosi cambia las reglas de juego para los votantes del exterior. En la resolución ordena que la votación del extranjero no se digitalice, sino que se enviará físicamente.
Y cuarto, para redondear la faena, los votos de afuera no llegaron por valija diplomática, sino en bolsas y maletas desde un solo país y por varias líneas aéreas. La maniobra para manosear el voto del exterior y el fraude es evidente.
Cabe mencionar, además, que el viaje de Keiko Fujimori a Estados Unidos en pleno conteo de votos fue para coordinar y asegurarse de que todo se cumpla tal cual fue planeado.
Finalmente, a mi entender, la victoria del fujimorismo está ya “oleada y sacramentada”. Vale decir, es irreversible. Por más que se repita que hubo fraude, nada cambiará estos resultados.

