Oro, chicha y 4,000 campesinos: así era la antigua fiesta de Tayta Padre en Huancayo

Según el historiador Aquilino Castro Vásquez, la festividad de Tayta Padre llegó a movilizar a 4,000 campesinos y a congregar multitudinarias jornadas de siembra, música y celebración, animadas por las bandas de los Buendía, Chinte y el negro Cavero.
Procesión de la Santísima Trinidad. La fotografía actual fue intervenida con IA para simular una imagen de época.
Adelina R. Castro
Adelina R. Castro
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Mientras cientos de fieles participan este fin de semana en las actividades por la Santísima Trinidad, patrono de Huancayo, pocos imaginan la magnitud que alcanzó esta celebración en otros tiempos. Según relata el historiador Aquilino Castro Vásquez en su libro ¡Kayanchiclami! (¡Existimos todavía!), Tayta Padre fue durante siglos una de las festividades más importantes del Valle del Mantaro, movilizando a miles de personas entre actos religiosos, trabajo comunal, música y festejos.

Hubo una época, décadas atrás, en que esta advocación movilizaba a 4,000 campesinos en caravanas que partían desde la zona norte de la ciudad para sembrar las tierras del santo durante quince días ininterrumpidos de trabajo, baile y, según la crónica, “excesos de bacanal y lujuria”, donde incluso se concertaban matrimonios.

Duraba 15 días

La clave de aquel esplendor era económica y territorial. Las cofradías de Tayta Padre y Mamanchic Rosario poseían extensos predios que abarcaban las dos terceras partes de Huancayo, El Tambo y Chilca. Los frutos de esas tierras financiaban una celebración que comenzaba en setiembre con la siembra colectiva y terminaba en un derroche de fiesta que duraba 15 días.

Castro Vásquez revive una escena que hoy parece de ficción. Al frente de la multitud marchaban los hualars, robustos jóvenes portando pendones de colores anaranjado, rojo y azul celeste, bordados con hilos de oro y orlados con plumas blancas. Las bandas de los abanderados relumbraban al sol, salpicadas de lentejuelas doradas sobre los pechos fornidos de los danzantes. Detrás, parejas de hualars y huamlas ejecutaban caprichosos bailes al compás de bandas de músicos traídos desde Chongos Bajo, donde destacaban los Buendía, Chinte y el negro Cavero.

El cortejo no era solo visual. Mamas y huamlas cargaban porongos de chicha de jora, guarapo, aguardiente y coca. Cerraba el desfile una gran cantidad de yuntas cubiertas con capas bordadas, sus cuerpos pintados de color oro, con huallquis de frutas y dulces colgando de los cogotes. “Una visión fantástica”, define el historiador.

Al concluir la jornada laboral, la multitud se dirigía a la capilla de La Merced para presentar su saludo a Mamanchic Rosario y a Tayta Padre, antes de encaminarse al sur en medio de un “derroche de fiesta”. La literatura oral de la época reflejaba ese espíritu. En una composición publicada en La Voz de Huancayo el 29 de junio de 1958, se canta:

“Vamos a sembrar, vamos a bailar / para que Tayta Inti y Mama Quilla / nos hagan pronto casar… / y cuando tenga frío me envolverás / con tu llicllita / y de cuando en cuando me dejarás beber / el delicioso néctar de tu boquita”.

¡Kayanchiclami! (¡Existimos todavía!), libro de Aquilino Castro Vásquez publicado en el año 2000.

El declive 

El ocaso comenzó con la enajenación de los bienes de cofradía. El obispo Pedro Pablo Drinot y Piérola vendió por una “bagatela” todas las tierras de cofradía de Huancayo al empresario Federico Martinelli, destinando el dinero al Seminario de Huánuco. La festividad, privada de su sustento, perdió su pompa. En 1935, don Daniel Jaime Marmolejo intentó restablecer la celebración asumiendo los costos de la ceremonia principal; hoy, su sobrino Jorge Orihuela Parodi mantiene viva una llama que ya no alumbra como antes.

Pero el golpe más insidioso vino en 1972, cuando la Municipalidad Provincial de Huancayo, basándose en un “equivocado historiador”, estableció el 1 de junio de 1572 como fecha oficial de fundación de la ciudad bajo la advocación de la Trinidad. Así se inventó una “celebración oficial” que nunca existió, desplazando a la Fiesta Patronal Movible del Santoral Católico, cuya antigüedad se remontaba, al menos, a 1550.

Hoy, cuando en Chupaca solo cuatro o cinco familias mantienen un velacuy familiar con cohetones, cuando Jauja y Sapallanga conservan apenas “rezagos” de lo que fueron, y cuando en Huancayo se celebra una fecha fija que contradice la tradición centenaria, la pregunta que queda en el aire es si la ciudad está dispuesta a recuperar la memoria de su Tayta Padre.

Como advierte Castro Vásquez: “Huancayo, que se precia de defender su identidad, debe descartar la equivocada disposición municipal y rescatar la Fiesta Patronal de la Santísima Trinidad en su día movible, con el esplendor de sus tiempos aurorales”.

Mientras tanto, este fin de semana los fieles seguirán llegando a la Catedral. Pocos, quizá, imaginarán que detrás de la imagen que veneran hay una historia de oro, chicha y 4,000 campesinos que un día llenaron el valle de vida.

Para adquirir el libro ¡Kayanchiclami! (¡Existimos todavía!), comunicarse al 964772657