Ser latino con sazón batería y reggeatón

El arte popular también es acción política: la música de Bad Bunny irrumpe en el escenario más poderoso de EE. UU. para disputar identidad, orgullo y resistencia latinoamericana frente al avance del autoritarismo y la indiferencia.
Bad Banny
Amire Ortiz
Amire Ortiz
amire.ortiz.arica@gmail.com
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¿Cuántas personas asisten realmente a debates políticos? ¿Cuántos jóvenes leen sobre el contexto histórico y sociocultural o reflexionan sobre el avance del fascismo en el mundo? ¿Cuántas personas están entendiendo, de verdad, la violencia que ejerce el actual gobierno estadounidense contra la población migrante latina?

Podrían surgir mil preguntas similares y, probablemente, la respuesta sea incómoda: no todas las personas, en su cotidianidad, están vinculadas al quehacer político del país ni del mundo. Y aunque ese vínculo exige interés, la realidad confirma que, frente a la indiferencia colectiva, urge fomentar espacios de integración e interlocución política que no siempre pasan por las aulas. En ese escenario, el arte ha sido —y sigue siendo— un aliado clave.

Ahora bien, ¿cuándo el arte debe ser celebrado como expresión legítima y cuándo merece ser cuestionado? ¿Solo vale si la protesta o el análisis político nacen en un teatro de ópera, en poemarios publicados por editoriales prestigiosas o en un arte blanco, elitista, que además pretende dictarnos qué es “aesthetic” y qué es válido? ¿O la protesta también puede surgir desde el arte urbano, desde las arengas populares, los grafitis, los murales de artistas que nunca pisaron una escuela de bellas artes, pero que la hacen? ¿Desde la música popular, esa que incomoda a los gustos refinados de quienes fruncen la nariz si suena “Yo perreo sola”, pero cantan a todo pulmón 40 y 20 sin el menor ejercicio crítico?

 
“La acción política no se limita a marchas y carteles: también se ejerce desde todas las plataformas a las que tenemos acceso, incluso desde la música popular que el clasismo insiste en deslegitimar”

El fenómeno Bad Bunny merece ser pensado con seriedad. Benito Antonio Martínez Ocasio acaba de protagonizar uno de los actos más simbólicos de resistencia latinoamericana frente a la barbarie yanqui, y aun así hay sectores moralistas que lo consideran insuficiente. Su intervención fue profundamente política: apeló a los sentires de nuestra cultura latina y lo hizo desde el evento deportivo más importante de Estados Unidos, el Super Bowl.

Como dijo Residente, una cosa es ser artista y otra muy distinta es ser famoso. Benito se esfuerza por ser lo primero. Y esto contrasta con muchas intervenciones artísticas, impecables en producción, pero tibias —cuando no mudas— frente a los temas que nos atraviesan como humanidad, escudándose en una supuesta “apoliticidad”.

El problema, para algunos, es que la música de Benito es chusca, popular, de barrio. Esa música que deja al descubierto el clasismo sobre lo que entretiene. Nadie cuestiona que Rod Stewart se pronuncie contra el genocidio en Palestina —y está muy bien que lo haga—, pero su música es rock en inglés, para “otra gente”, no para la chusma. Entonces, claro, ahí sí hay legitimidad política.

Del otro lado están los muy rojos, los puristas de izquierda, que hacen música preciosa pero también se irritan. No quieren hablar del legado de Víctor Jara, les incomoda que Silvio Rodríguez siga convocando multitudes, les aturde Inti Illimani cantando El pueblo unido jamás será vencido. Invisibilizan, además, a referentes propios: miles de peruanos que hoy cuestionan a Benito jamás valoraron a Eusebio “Chato” Grados cuando cantó Una patria sin pobres frente a Alan García, sosteniéndole la mirada con dignidad.

“En contextos fascistas, el marrón que se cree blanco puede ser más peligroso que el enemigo declarado, porque traiciona desde adentro y normaliza la exclusión”

Tampoco les gustan los revoltosos como Residente cuando recuerda que América no es solo Estados Unidos, ni Molotov cuando manda a chingar a su madre al racismo gringo sin eufemismos. A esa gente nada le parecerá suficiente ni correcto, incluso en escenarios políticos que exigen posturas claras y participación activa desde todos los espacios posibles.

Benito no hizo lo que algunos esperaban. No gritó “ICE OUT” ni buscó el enfrentamiento frontal. Convocó desde el amor, desde una puesta en escena teatralizada de la cultura latinoamericana, desde un llamado al corazón que refuerza identidad y orgullo. Y eso es vital, porque en contextos fascistas el marrón que se cree blanco puede ser más peligroso que el enemigo declarado.

La propuesta fue abrir corazones. Así como de niños cantábamos La canción de las Américas, hoy se apostó por abrazarnos como Latinoamérica: escuchar el nombre de nuestro país, ver nuestra bandera flamear en un estadio gringo, mientras un gobierno nos quiere invisibles o exterminados, y hacerlo cantando en castellano, con ritmos que la alienación intenta arrebatarnos.

Suelten la mezquindad. Suelten el purismo. La acción política no se limita a marchas, carteles y enfrentamientos con la policía. También se ejerce desde todas las plataformas a las que tenemos acceso. Tal vez lo que incomoda es verse reflejados en una Latinoamérica real: colorida, ruidosa, desordenada, con niños dormidos en sillas en plena fiesta, con sazón, batería y reguetón, lejos de ese mundo beige, minimalista y aséptico que algunos idealizan.

“Tal vez lo que incomoda no es Bad Bunny, sino verse reflejados en una Latinoamérica real: ruidosa, colorida, desordenada y lejos del mundo beige que algunos idealizan”

La acción política no exige que solo la población vulnerada levante la voz. De hecho, quienes más resisten suelen ser quienes menos privilegios tienen. Luchar también es un privilegio, y la tarea es convertirlo en herramienta de sostén colectivo. Sí, Benito nació con privilegios que otros latinoamericanos no tuvieron, pero desde su trinchera hace más que muchos artistas y asume una postura política necesaria en un contexto donde la indiferencia es lo más peligroso.

Cuestionan el respaldo económico y los auspicios. ¿Cómo creen que se monta un espectáculo de esa magnitud? El financiamiento no le resta legitimidad a la causa. Las luchas históricas también se sostuvieron con aportes desde el privilegio: incluso para hacer un cartel alguien tuvo que comprar la cartulina y el plumón. Las marcas han usado sus plataformas para cuestionar el racismo, y es en esa lógica que se convoca a Bad Bunny: porque entiende que la música comercial también es un vehículo para que el mensaje llegue lejos. Y vaya que llegó.

Que todo espacio social, privilegiado o no, se convierta en trinchera de resistencia cada vez que el sistema pretenda jerarquizar vidas y decirnos que algunas valen menos.

Gracias, Benito, por el show. Y por la controversia.