Hablo como presidente de la Organización Nacional de Familiares de los Asesinados y Víctimas de las Masacres 2022–2023, pero, sobre todo hablo como ser humano, como padre, como hermano, como hijo, como tío, como sobrino que carga una ausencia que no se llena con el tiempo.
A quienes nos dicen “ya dejen descansar a sus muertos” les pregunto desde el corazón: ¿cómo se le dice a un niño o a una niña que siga con su vida cuando le arrebataron a su padre o a su madre?; ¿cómo se les explica que ya no deben llorar cuando cada noche se acuestan abrazando un vacío que nadie ve, pero que duele todos los días?
¿Y cómo le digo yo a mis hermanos sobrevivientes que rehagan su vida, si muchos de ellos aún tienen más de cien perdigones de metal en el cuerpo, si viven con balas alojadas en el cuerpo, si quedaron ciegos, inválidos, postrados en una silla de ruedas, si les destrozaron la mandíbula y les robaron hasta la posibilidad de hablar? Ellos no solo sobrevivieron: fueron condenados a vivir así para siempre.
No es que no queramos seguir adelante, es que no se puede avanzar sobre la injusticia. No incomodamos al Estado por capricho, lo incomodamos porque nos debe la verdad, la justicia y la reparación. No pedimos privilegios, pedimos humanidad. Pedimos que nuestras muertes no sean estadísticas y que nuestro dolor no sea tratado como un estorbo.
Si fuera tan fácil “rehacer la vida”, entonces también sería fácil aceptar que estas masacres se normalicen, que se repitan, que mañana vuelva a tocarle a otros. Y eso no lo vamos a permitir. Nuestra memoria nace del amor, no del odio. Nuestra lucha nace del dolor, pero camina con dignidad.
Mientras haya huérfanos sin respuestas, sobrevivientes marcados de por vida y familias rotas por la violencia del Estado, no habrá silencio ni olvido. Recordar es resistir. Exigir justicia también es un acto profundo de humanidad.
* Texto publicado originalmente en la cuenta personal del autor y republicado en este sitio web con su autorización y apoyo.

