Estado de sitio o la destrucción del ser

Comentarios sobre el último poemario de la escritora peruana Virginia Benavides, Estado de sitio (Álbum del Universo Bakterial, 2025).
Virginia Benavides - Estado de sitio - reseña
Virginia Benavides - Estado de sitio - reseña
Miguel Urbizagástegui
Miguel Urbizagástegui
Poeta y docente
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Sigo a Virginia Benavides desde que publicó Sueños de un bonzo (edición de autora, 2013). Me interesa la filosofía oriental y me preguntaba en esos años quién era el vate peruano que recibió la influencia de esta forma de pensar y ser en el mundo, lejos del maniqueísmo o dualismos occidentales. Sin duda, es Jorge Eduardo Eielson. Si Thomas Merton llamó a César Vallejo como “el más grande poeta católico desde Dante”, Eielson, budista zen, inicia una nueva vertiente en nuestra tradición poética. Virginia Benavides es parte de ella y uno de sus temas recurrentes es su búsqueda por el sentido del ser. Esta la vemos también en su último libro Estado de sitio (Álbum del Universo Bakterial, 2025), pero con matices propios.

Antes de comentar Estado de sitio, resalto la presencia de Sueños de un bonzo como antecedente. Aquí notamos que la autora nos expresa el “dolor de ser”, una subjetividad angustiada y unas ganas de salir-volar de este mundo, el samsara. ¿Hacia dónde, si no hay paraíso? “El vacío es un hueco luminoso”, leemos en uno de sus poemas, o irse tal vez sea “irse yendo para adentro, exiliarse en la isla sumergida”. No solo nos habla desde un yo sufriente, también por intervalos nos describe una ciudad donde el yo está muriendo. Por ejemplo: “La ciudad como espejo de añicos y esquinas volteadas a callejones sin salida o rincones lumínicos donde una risa de hiena nos recibe con su máscara de algodón dulce”. En los últimos versos del libro, ella nos dice que, salvo a lo bonzo, hay una imposibilidad de escapar de lo terrenal: “La ciudad se funde en mis pesadillas”.

Doce años han pasado desde Sueños de un bonzo y el mundo ha cambiado inevitablemente, incluida la poesía. Ahora en Estado de sitio vemos a la ciudad ya no como mera descripción o algo externo del yo poético. La ciudad también es un “espacio en constante desmoronamiento”. La poeta toma consciencia que no solo el yo está en crisis física y espiritual, sino también el mundo que le rodea. El yo también es la ciudad. En Estado de sitio aparecen instituciones como el “Sistema de Extorsión Nacional” y el “Ejército de Silenciamiento Nacional contra el reclamo”. Dos organizaciones que obligan al yo, intrínsecamente al nosotros, a obedecer este mandato: “Se prohíbe ser”. Se nos prohíbe vivir, levantar la cabeza, abrir los ojos. La destrucción del ser se ha vuelto colectiva. Benavides conecta su escritura con la realidad y nos presenta su obra “más política”, en palabras de Jaime Cabrera.

“Algunos escritores eligen ser indiferentes, tanto en su creación como en su opinión pública. Para Virginia Benavides, estar callada no es una opción”.

Mientras leemos sus versos, es inevitable compararlos con la situación actual del mundo, sus marchas y sus muertes, en la que se “busca desaparecer al que usa su voz como arma de protestas donde nos enmudecen con una bala perdida de significado”. ¿Qué circunstancia le ha llevado a entrar en este campo semántico donde las palabras expresan la tiranía de unos sobre otros y se busca el “antídoto contra la pandemia del poder”? Muchos escritores no se dan cuenta (o lo hacen adrede) de que viven en un contexto social y político que les influye mientras caminan, hacen jogging o van a las librerías. No me refiero solo al Perú y su grave inseguridad ciudadana, también la llamada “aldea global” está pasando por un momento de, uso las palabras de Virginia, “estado de coma en los derechos humanos”. La guerra en Gaza nos ha mostrado nuestro lado más bárbaro y salvaje como especie en pleno siglo XXI, siglo del “progreso tecnológico”.

Repito, algunos escritores eligen ser indiferentes ante este problema, tanto en su creación como en su opinión pública en redes sociales. Para la poeta, estar callada no es una opción. Y es que, volviendo a la filosofía budista, el ser humano no busca escapar del mundo, sino comprenderlo, ver su naturaleza para de esta manera transformar la mente. Esto es una preocupación de la escritora en los dos poemarios mencionados.     

Estoy convencido cada vez más de que los poetas ya no deberían clasificarse como “puros” o “sociales”. Mariátegui en sus 7 ensayos de interpretación… fue quien designó a Eguren como alguien que escribía poesía “pura” y desde allí han permanecido estas etiquetas con nombres diferentes pero que no dejan de ser dos grupos generales. La escritura es una actividad individual y su análisis debería enfocarse en cada estilo único y original. Virginia, en una entrevista con Miguel Ildefonso, nos recuerda que “la poesía no tiene un papel definido, en verdad cada uno la enarbola en complicidad con su propia búsqueda interior o su búsqueda exterior de reconocimiento social, personal, que te quieran más o solo para que tú te quieras y resuelvas tu vida en los poemas”. Con Estado de sitio, la poeta demuestra su versatilidad, algo casi inexistente en estos tiempos. Arriesgarse, tomar la decisión de optar por palabras y sonidos distintos a lo acostumbrado, sin dejar la autenticidad, es autorrealizarse como escritor. Virginia es un ejemplo de que los límites en la escritura están hechos para romperlos.