“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces”, “impuro diálogo”, “el terror es nombrado con el modelo delante, a fin de no equivocarse”. Estos versos pertenecen a El infierno musical, poemario de Alejandra Pizarnik, y sirve para acercarnos al libro del poeta Guillermo Gutiérrez, Infierno iluminado (Gaviota Azul Editores, 2021), en el que hay un diálogo no tanto con el dolor o con el Ser, como en la poeta argentina, sino centrado entre la belleza y el terror (el horror), entre el bien y el mal, entre lo normal y lo anormal. Es un diálogo impuro, más semejante al diálogo y las correspondencias de Baudelaire, entre aquel yo poético (hecho de sumas voces) y la realidad (la sociedad, la naturaleza). Aquí el diálogo es “nombrado con el modelo delante”; es decir, se instala dentro del lenguaje mismo, desde la alteración o el alejamiento de las normas.
A decir de Gonzalo Portals Zubiate, en el prólogo (el otro texto introductorio es de Alfonso Torres Valdivia), hallamos “irracionalidades y conductas amorales y antiéticas, propias de un muestrario de postulados correspondientes a una religión primigenia, y en la que solo la música o pequeñas piezas de ella, suerte de cantos de luz borrosa en medio de la congoja generalizada, parecen confirmar una belleza imprecisa, aunque lúcida, de un brillo minúsculo como señal casi indistinguible de superación. En esa medida, puede decirse entonces que el suyo es un universo cloaca, un hemisferio donde el factor asco genera todas las arcadas posibles, pero que se distingue de sus coetáneos en la medida que busca confirmar la creación de un sentir distinto”.
Uno de los versos del libro dice: “debo demostrar coherencia de juicio en un mundo que me irrespeta porque considera que carezco de juicio”. Ese mundo es el que llama “la villa de los sueños” o el infierno iluminado, “donde el joker es el que gana el juego”. Sí, Joker. La voz lírica nos remite inevitablemente a aquel popular personaje de la película de Todd Phillips tanto como al coronel Kurtz de Apocalypse now. Gotham y la selva de Camboya es este Infierno iluminado, la villa de los sueños, donde “el terrorista caminaba tranquilo y con un billete cero cifras por Larcomar viendo a su alrededor vitrinas llenas de bolos de la Tinka que lo miraban irónicos sin pestañar”. Es esta villa “donde los vivos se realizarán / y los muertos resucitarán”, “donde la sangre de los débiles y los fuertes se mezclará en orgías de la más democrática matanza” y donde “los verdugos serán libres”. Y no es nada difícil colegir que esta villa es Lima (y las ciudades del Perú) donde “se desata el crimen / el horror más espantoso las muertes más ominosas / horribles la prostitución / y la impunidad organizada / la masacre más inmunda y el espanto / el horror animal que antecede al hombre”.
“Son potentísimos poemas a veces muy líricos, a veces narrativos, surrealistas, urbanos, de pastiche a lo mítico, de críticas ácidas, sardónicas y sicalípticas”.
En este paisaje apocalíptico, con cuadros como de Hieronymus Bosh o Edvard Munch, de un mundo al revés, carnavalesco, bajtiniano, allí camina un personaje llamado Richard Cayo, un limeño (como despectivamente se dice “de a pie”) anunciando el pachacuti. Todo ello incrementa el impacto de la parodia que hace el poeta con la Biblia. Este sincretismo religioso es la parte más desarrollada, en el plano simbólico y mítico, del libro. Es interesante la fusión que existe de Jesús con Túpac Amaru, por ejemplo: “Thopa Amaro Primordial para que restituyera la plenitud en el mundo”. Es en este lenguaje híbrido (no solo del culto y del coloquial, que encarna el horror y, a su vez, la construcción de la utopía o el mesianismo) en donde mejor se da eso que dice Gonzalo Portals en el prólogo: “la creación de un sentir distinto”; aunque, claro, no exenta de ciertas contradicciones, como bien lo expresa el propio poeta en unos versos (tal vez refiriéndose a sí mismo): “hecho uno en todas sus contradicciones / salvaje y beatifico a la vez”.
Infierno iluminado contiene cuatro poemas extensos: Apocalipsis en belleza, Dreamsville, El evangelio del buen caballero Jesús y El santo evangelio de la puta pucacunca. Son potentísimos poemas a veces muy líricos, a veces narrativos, surrealistas, urbanos, de pastiche a lo mítico, de críticas ácidas, sardónicas y sicalípticas.
A Guillermo Gutiérrez apenas lo conocí (leí su libro La muerte de Raúl Romero del 2006, y lo leí en antologías o fanzines). Creo que solo hablé con él dos veces. Recuerdo una conversa, luego de una lectura en el jirón Quilca, en El Averno (“la única parte del infierno con aire acondicionado”, le decían al local), incluso me regaló el poema inédito que leyó aquella noche); y otra en una feria del libro a orillas del río Rímac, en la alameda Chabuca Granda. Varias veces lo veía caminado solo por el centro, eso sí. Ahí va un poeta, pensaba. Y se perdía entre la multitud, en esa villa en donde él era el iluminado.


