Mientras en la plaza principal de Pumpunya el estruendo de las retroexcavadoras y las nubes de polvo marcan el avance de las demoliciones, cientos de metros más arriba, en el barrio Inay, el sonido es otro: el de los clavos que se desprenden y las calaminas que bajan una a una. Aquí no trabajan las máquinas. Ha comenzado a trabajar una de las familias damnificadas.
Sobre el techo de lo que hasta hace unos días fue su casa, Diego Torres Ureta sostiene el equilibrio entre vigas de madera. Con una uña de cabra desprende con cuidado una calamina, la entrega a un familiar que la recibe entre los escombros y vuelve por otra. No intenta salvar la vivienda. La está desmontando para recuperar los materiales que aún puedan servirle para levantar un refugio temporal.

La escena se repite en otra vivienda. No es una decisión voluntaria. Aquí, en esta parte del anexo, es la única alternativa porque hasta aquí no solo se llega por un camino de herradura, a pie, por el que nunca ha podido ingresar maquinaria pesada.
“Para que entre la máquina es un poco complicado. Nosotros mismos estamos haciendo la limpieza”, cuenta Germán, mientras limpia con una carretilla los escombros de su vivienda. A un costado, en la chacra, están almacenadas las cosas que pudo rescatar y la carpa que Defensa Civil le entregó. Su cocina está al aire libre.

La falta de acceso vehicular no es un problema nuevo. Durante décadas, los materiales de construcción, los alimentos y las cosechas llegaron por este camino con ayuda de animales de carga. Sin embargo, el terremoto convirtió esa condición geográfica en un obstáculo para la atención de la emergencia.
El recorrido hasta Inay lo confirma. Después de las últimas viviendas donde todavía ingresan vehículos, la calle. El resto del trayecto continúa por un sendero angosto que cruza una acequia y asciende entre chacras hasta las casas más alejadas.
Justo antes de ingresar a este sendero, vive Olimpia Meza. Su vivienda quedó tan dañada que ahora los escombros son removidos por la retroexcavadora que llega hasta lo que fue su casa. Recuerda que la noche del sismo fueron sus sobrinos quienes lograron sacarla por el segundo piso. Desde entonces tomó una decisión.

“Ya no quiero una casa de adobe”, dice.
A pocos metros, María Meza lava ropa en una acequia mientras otras mujeres llenan envases para llevar agua hasta sus viviendas. Subiendo el sendero, está la casa de María, todavía con las paredes caídas por partes: aplastaron los cuyes que criaba, los tres cerdos de su hija y casi a los niños que dormían en sus camas del segundo piso.
Dos familiares de María preparan con palos del lugar, un refugio que lo rodearán con plástico y techarán con calamina. Una ramadita para vivir.
Las noches tampoco son fáciles. “Los niños ya se están enfermando”, dice Soledad Arancibia, quien con sus niños ocupa una de las carpas de Defensa Civil cerca del pueblo.

El aislamiento también golpea a las autoridades comunales. La teniente gobernadora, Eulalia Gil Palacios, recorre diariamente las viviendas afectadas para atender las necesidades de sus vecinos, aunque ella misma también perdió su casa.
Las paredes presentan profundas grietas, las vigas cedieron con el movimiento sísmico y gran parte de sus pertenencias permanece donde quedaron aquella noche, aunque con ayuda de soldados del Ejército logró retirar algunas de sus pertenencias. Los retratos familiares continúan colgados sobre muros resquebrajados, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante del terremoto.
Según explica, todas las viviendas de adobe del anexo quedaron inhabitables y muchas familias continúan esperando una solución que vaya más allá de la ayuda de emergencia.

Reconstrucción sismo resistente
En Inay, la principal demanda ya no pasa únicamente por frazadas o alimentos. Los pobladores consideran que la reconstrucción debe marcar un cambio definitivo para el pueblo.
“No queremos volver a construir en adobe”, coinciden varios vecinos, convencidos de que las nuevas viviendas deberán levantarse con materiales resistentes a los sismos.
La anunciada visita de la presidenta Keiko Fujimori ha despertado expectativa entre las familias. Esperan que el recorrido oficial no termine en la plaza de Pumpunya y que la ayuda alcance también el barrio donde las retroexcavadoras no pueden llegar.


