Lucho Quequezana: “La música es una herramienta para disminuir la violencia”

A los 11 años, Lucho Quequezana llegó a Huancayo y encontró en una zampoña el inicio de una historia que terminaría llevándolo por la música, el cine y el teatro. Hoy, décadas después, regresa a la ciudad que marcó su infancia y habla de aquellos primeros años, de la timidez que logró vencer a través de la música, del juego como espacio para descubrir talentos y de la posibilidad de que el arte ayude a enfrentar la violencia entre escolares.
29 agosto, 2026
Lucho Quequezana regresó a Huancayo, la ciudad donde descubrió su vocación musical, con un mensaje contra la violencia.

Hay ciudades que permanecen en la memoria por una imagen, una persona o un momento. Para Lucho Quequezana, Huancayo permanece también por sus sonidos. La recuerda como la ciudad a la que llegó siendo niño y donde las expresiones culturales estaban cerca: los Santiagos, la chonguinada, las danzas y la música.

Su historia comenzó casi como un juego. Un niño tímido que no conocía a nadie encontró en la zampoña una forma de acercarse a otros niños. El instrumento le enseñó a esperar su turno, escuchar al compañero y entender que una melodía solo puede construirse cuando todos participan.
Ahora, convertido también en padre, mira aquella experiencia desde otra perspectiva. El juego, dice, sigue siendo fundamental para desarrollar la creatividad y aprender a relacionarse. Y en un contexto marcado por los casos de violencia entre estudiantes, aquella experiencia de infancia adquiere una dimensión distinta: para Quequezana, la música puede ser también una herramienta para disminuir las diferencias y la violencia.

En conversación con Huanca York Times, el músico vuelve a sus primeros años en Huancayo, recuerda el colegio Ciencias, las caminatas nocturnas durante los apagones, habla de la discriminación que encontró al llevar la música andina a Lima y explica por qué todavía siente que, sin aquella zampoña, no sabe qué habría sido de su vida.

El regreso del niño de 11 años

Siempre has mencionado que Huancayo ha sido el lugar donde iniciaste tu carrera. ¿Cómo se sentiría Lucho Quequezana a los 11 años, al volver hoy a Huancayo?

Creo que la sensación sería la misma, en el sentido en que lo que me dio Huancayo a esa edad es tener las expresiones culturales tan cerca: la música, tener las danzas, las festividades tan cerca. Hoy he llegado a Huancayo y me he cruzado con una fiesta donde estaban puros santiagos y me acordaba cuando tenía 11 años: también los Santiagos estaban por todos lados, y la chonguinada.

Lo que tiene Huancayo es justamente eso y que con el tiempo no se ha perdido, por el contrario. Siento que hay mucho más, hay mucha más gente tratando de expresarse culturalmente. Creo que ese Lucho de 11 años se seguiría enamorando de la música.

También has contado que aprendiste a tocar con tus amigos. ¿Qué mensaje colectivo hay entre la música?

Para mí, fue la demostración de que la música es un vehículo integrador. Yo llegué aquí al colegio, no conocía a nadie, era el nuevo del colegio. Y justamente a través de la música, a través de la zampoña y de una forma de tocarla, una manera tradicional que se llama el trenzado, en donde la zampoña tiene dos partes, una de arriba y una abajo. Uno no toca una parte y otra parte la toca otro. Entonces es como que se pimponean las notas y se crean melodías entre más gente.

Entonces, esa actividad colectiva para mí, tenía 11 años, era un juego, pero al mismo tiempo se estaban entrelazando muchas cosas. Había trabajo en equipo, que nos tiene que salir la melodía; me toca a mí, ahora a ti; a ver, inténtalo de nuevo. Ese intentar, ese espacio para mí, libre de intentar sacar algo que yo creía que no tenía, que era la música, me dio la confianza para finalmente encontrar el universo del cual ahora no puedo escapar y estoy felizmente aquí metido en la música.

Esa historia tan particular de creación junto a tus amigos. Cuéntanos un poco cómo surgió. ¿Cómo llegaste a Huancayo?

Mi mamá es huanuqueña, mi papá del Cusco y yo soy del Rímac, Lima. Es una mezcla particular. Igual todos somos mestizos en el Perú. Yo había tenido acercamiento con la música andina por mi mamá, pero no había tocado ningún instrumento y, al mismo tiempo, mi barrio, el Rímac, que es un barrio popular, era mucho más salsero y cumbiero.

Mi hermano mayor, Alfredo, tenía un asma muy fuerte y el doctor le dijo a mi mamá que teníamos que salir de Lima para que él se cure. Y cogimos el mejor lugar, Huancayo. Llegamos a mediados de los 80, más o menos. Y ahí es donde descubro muchas cosas. Eso de la experiencia colectiva y que estaba muy viva toda la cultura.

El colegio, las rieles y las noches de apagón

¿Te acuerdas en qué colegio estudiaste?

Sí, en el colegio Ciencias. Ya no existe. El local donde estudié estaba en El Tambo. Tenía dos locales, el otro en San Carlos. El de El Tambo cuando se cruzaba el puente, que en esa época el puente estaba roto. Así que yo caminaba por las rieles del tren, que era la única manera de pasar hacia el otro lado.

Y tengo unos recuerdos maravillosos del Ciencias, de mis espacios muy íntimos en Huancayo. Estudiaba en la tarde, entraba a la 1 y las clases terminaban como a las 6. Entonces regresaba a mi casa de noche. Ahora Huancayo está superpoblada; en esa época no: eran pampas largas para llegar hasta mi casa.

Este es uno de los momentos más hermosos que puedo recordar: yo regresando de mi colegio de noche, sin luz porque había muchos apagones e iluminado solamente con la luna. Más la música que sonaba a lo lejos, o cerca, eso ha hecho que tenga a Huancayo muy presente en mis recuerdos y en la forma como entiendo la música.

¿Cómo era el Lucho alumno?

Yo era muy tímido. Yo tenía un grado de timidez extremo, por no decir crónico. Era un niño muy tímido, muy, muy tímido. Y creo que, en cierta forma, la música me ayudó a integrarme y a entender que dentro de nuestras diferencias puede haber puntos en común.

Y un instrumento, la zampoña, era un punto en común para mí con el resto de los chicos o con los chicos de mi barrio o con gente que no conocía y con quienes tenía mucha timidez de entablar alguna interacción. La música logró eso, integrarme y escuchar a las otras personas, no solo a nivel musical; escucharlas.

Dijiste que aprendiste jugando. ¿Crees que ahora hemos dejado eso de lado, que jugar ya no es una manera de aprender y descubrir talentos?

Creo que el juego es indispensable. No solo por un divertimiento, sino porque crea espacios de interacción de gente. No solamente afianza amistades o las celebra, sino que el juego presencial, porque ahora ya todo es virtual; la interacción presencial es indispensable en niños que están en formación porque se establecen códigos y la música es perfecta para eso. Lo hace también el deporte.

Pero además, el juego de infante es el espacio perfecto para la creatividad. Es como una gimnasia mental creativa.

Yo también soy papá de un hijo pequeño. Y veo que mi hijo todo el tiempo tiene ganas de jugar, jugar, jugar… con juguetes, interactuar o inventarse juegos. Con mi esposa tratamos de que esos espacios que él tiene de libertad creativa no se pierdan, dándole un celular o una tablet o una computadora. Los padres pecamos por tiempo, por cansancio o por situaciones de nuestro día a día, para calmarlos les damos un celular o algo.

La música frente a la violencia escolar

Huancayo atraviesa un conflicto de violencia entre estudiantes. ¿Consideras que el arte y, en sí, la música es una herramienta que puede ser importante contra la violencia?

Absolutamente, absolutamente. Justamente las artes en general, la música, la danza, son espacios donde uno sabe que se horizontaliza todo. Cuando uno está aprendiendo un instrumento, a ensamblar con más gente, no hay una competencia. Eso es lo bonito de la música. En la música uno no compite; lo que se logra es que suene colectivamente; es un ensamble de instrumentos.

Creo que la música sí ayuda mucho a disminuir diferencias. Tanto en los colegios como en los espacios donde hay jóvenes, la música debería estar presente y no un curso una vez a la semana o que se juntan una vez en un salón y hacen algo rápido.

La música tiene muchos elementos formativos, a nivel de valores, de disciplina, de respeto, porque tienes que escuchar al otro para saber en qué momento entrar. Tienes que de pronto bajar tu volumen para que el otro sobresalga. Y luego el otro baja el volumen para que tú sobresalgas.
Esas dinámicas son justamente lo que la sociedad necesita.

Sin embargo, cuando hablamos de la música de los Andes y los instrumentos andinos, también hablamos de discriminación. Has contado que sufriste bullying cuando fuiste a Lima a tocar esos instrumentos. ¿Cómo afrontaste esos momentos?

Sí, es verdad. Y eso pasaba cuando era muy pequeño, hablo de mediados de los 80, cuando vivíamos una situación fuerte de violencia en general y el país estaba muy polarizado. Y también estaba sucediendo muy fuerte el fenómeno de las migraciones. Mis papás son migrantes. En los 80 la migración era muy fuerte hacia Lima.

En esa época era: “Si escuchas rock, quédate allá. Si escuchas salsa, quédate allá. Si escuchas chicha, quédate allá. Si escuchas música andina, quédate en tu espacio, no te metas con el mío”. Entonces, claro, yo llevo feliz mi zampoña y me encuentro con esas polarizaciones que todavía no las había entendido.

Hoy algo ha disminuido eso. Creo que hoy el peruano se ha dado cuenta de que somos todos, sonamos a todo y que todos podemos disfrutar de nuestra identidad justamente cogiendo esas diferencias. Y es bonito porque ahora escuchas en muchos proyectos de rock o de música alternativa donde ponen instrumentos andinos con mucho orgullo. De pronto alguien escucha algo de la selva y dice: “Pucha, yo también sueno así porque yo también soy de aquí, también soy peruano”.

En cierto modo, esa época en la que yo tenía la zampoña a los 11 años y vi esa polarización, de alguna forma ha pasado a una apertura de celebrar nuestras diversidades.

Huancayo

¿De no haber llegado a Huancayo a los 11 años, qué estarías haciendo ahora?

No lo sé. Esa es una incógnita que me perseguirá el resto de mi existencia porque la música, finalmente, a mí me abrió camino en mi personalidad, en mi autoestima, en reforzarme para bajar un poco mi timidez, en descubrir otras formas de arte como el cine, el teatro, que ahora es mi mundo.

Entonces, si yo no hubiese pisado Huancayo y no hubiese tenido esa zampoña en la mano, te lo juro que no sé qué sería de mi vida.

¿Uno debe salir de la cáscara para aprender a valorar su tierra?

Hoy que estamos en una época mucho más global. Más que salir de la cáscara, es darse la oportunidad de escuchar al otro. Uno de los principales problemas que tenemos es cuando no nos queremos escuchar y eso es, digamos, una metáfora musical y también de la sociedad en la que vivimos.
Pero creo que en el momento en que nos empecemos a escuchar y a valorar lo que tenemos, nos vamos a tener la oportunidad de darnos cuenta que pertenecemos a un país mucho más grande de lo que creemos en nuestra cabeza.

¿Qué le dirías a los escolares que aún están descubriendo su talento a través de la música?

Que se den la oportunidad de experimentar esa magia colectiva que crea la música. Si algún chico está empezando a componer sus canciones, que aprendió a tocar guitarra, se sabe cuatro acordes, está en su cuarto ahí feliz y empieza a componer canciones con lo que le ha pasado a él, justamente él, que sea muy honesto con lo que él está tocando. Que no esté pensando en que “tengo que tocar esto porque está de moda o porque la tendencia dice que hay que hacer este tipo de música”. No, no, no. Aquí haz la música que a ti te gusta. La que a ti te gusta, no la que le gusta a tus papás.

Y eso lo digo como músico que ha empezado igual y también como papá. Hay que respetar esos momentos en donde uno puede ser uno mismo.

Entonces, ¿la música sí es un arma contra la violencia?

Absolutamente. Sí, es una herramienta para disminuir la violencia.

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